24.3.08

¿Quién es ese Henri Langlois? (II)



Artículo publicado en El Viejo Topo. Nº239.


¿Quién es ese Henri Langlois? (II)

Langlois, con una cinefilia sin parangón, empezó almacenado películas debajo de su cama hasta crear una cinemateca donde los interesados podían acudir a ver películas del pasado, en unos tiempos donde las modalidades de intercambio distaban de la sencillez presente. Así la sala oscura de Langlois se convirtió en escuela de cine. El particular método de exhibición de Langlois consistía en la yuxtaposición donde a una comedia de Chaplin le seguía una de René Clair, o bien un film alemán antisoviético a continuación de uno ruso antinazi. Otra particularidad de la exhibición de los tesoros fílmicos de Langlois en el cineclub Cercle du Cinéma (y antes que la Cinémathèque adquiriese sus propias salas de exhibición, primero en la avenida de Messine y más tarde en la calle Ulm) fue disuadir activamente los debates contentándose con las introducciones contextuales más breves. En contraste con las sesiones de los martes en el Studio Páranse abonadas a la discusión.

Otro de los juicios adoptados por Langlois fue su política totalizadora en la selección que le llevó a conservar toda la obra de un director con trazos de obra atractiva o singular. A él debemos la salvación de los negativos de las grandes películas de Louis Feuillade, tan apreciadas por los surrealistas, o de Une Partie de Campagne cuando el nazismo condenó la obra de Renoir. En opinión de Jean Cocteau, Langlois era “el dragón que vigila y protege nuestros tesoros”. Langlois en ocasiones también se enfrentaba a los miedos de los cineastas. “Yo había visto fotos de Nana (Jean Renoir 1926) y me parecía que debía ser una buena película. Pero todo el mundo me decía: “¿Nana, de Renoir? Si no es nada”. Renoir tenía copias de la película y me dio una. Pero cuando se enteró que iba a exhibirla, se puso a temblar y tuve que proyectársela para tranquilizarle. También René Clair me prohibió proyectar Les deux timides (1928), porque decía que le iba a perjudicar”.

Asimismo, Langlois tenía un aristocrático desdén premoderno por las minucias legales, en contraposición a la suspicacia de la indústria, de manera que amasaba todo el material fílmico que se ponía a su alcance, en muchas ocasiones sin contactar con las productoras y, por tanto, incurriendo en la ilegalidad. Su interés por el arte cinematográfico pesaba más que el afán económico de las productoras por un producto de uso. Langlois, de pulsación mitomaníaca, también recopiló millones de libros, fotografías, accesorios y vestidos usados en rodajes.

Consumada la derrota francesa en la IIGM, Langlois dejó a un lado las joyas del cine mudo y se concentró en salvar miles de rollos de películas que anatematizaban al nazismo, en parte gracias a su contacto, Frank Hense y sus buenas relaciones con el Reichsfilmarchiv. Durante este periodo de derrumbe moral francés las acciones de Langlois le hicieron ganar muchas simpatías.

En la actualidad el reto contra la desaparición del cine ofrece más salvavidas por el gran número de coleccionistas que en diferentes formatos se han ido incorporando. La vulnerabilidad de los materiales, sobretodo el celuloide, junto con los cambios técnicos acontecidos hizo que la mayor parte del cine mudo se haya perdido parcial o completamente, pues por añadidura la película era vista como un objeto de rentabilidad que al acabar su ciclo era olvidado sin recato. Hoy en día el soporte digital actúa de forma similar y las pérdidas pueden ser igualmente notorias, camufladas en la vorágine de las rutinas de producción y distribución. El cine vive de la modernización perpetúa, muy a menudo ficticia y arbitraria a fin de crear productos vistosos con el fin de renovar la demanda. Además de trazar la línea ideológica de los espejismos de la industria cultural que fabrican el producto, ajustado a los deseos dominantes, controlan la demanda y le ponen la etiqueta de perecedero o imperecedero. En la barahúnda fílmica se corre el riesgo de extraviar obras no compensadas por los aparatos de poder que las han gestado ni por la crítica esclava de las películas a reseñar que las has escamoteado del interés del gran público. Cualquier salto tecnológico pone en el borde del precipicio a cantidad de obras de muy diversa naturaleza y pone de relieve como en la renovación el cine se devora a si mismo. Por ello, en palabras de Langlois: “Debemos intentar conservarlo todo, salvarlo todo, mantenerlo todo, y renunciar a jugar a aficionados a lo clásico. No somos Dios, no tenemos el derecho a creer en nuestra infalibilidad...Hay malas películas que siguen siendo malas, pero que con el tiempo pueden convertirse en películas extraordinarias".

Henri Langlois (Smyrna, Turquía, 1914 - París, 1977) Las declaraciones de Henri Langlois han sido extraídas de la entrevista realizada por Miguel Rubio, Jos Oliver y Juan Cobos, publicada en Níckel Odeon (Verano 1998)







3 comentarios:

Costa dijo...

8 bit - 16 bit.

És tot el que em suggereix el teu blog i la teva persona en sí.

De fet, tot a la vida em suggereix 16-bit.

Costa

Iván Sobrino dijo...

Bueno, ya hacia un par de semanitas que no entraba por este maravilloso blog. Un blog en el que el intelectualismo francés se da cita para regocijo de todos aquellos que lo amamos con devoción. Como este fulano, ¿Langlois? que lo deben conocer en Carentan y en el pueblo de al lado.

Los gabachos ya son suficientemente chovinistas, como para que tengas que ir detrás dándoles gloria por sus grandes poemas visuales de hoy y de siempre, obras que me han servido a lo largo de estos años para dormir plácidamente.

Por último, decir que este comentario no tiene nada de cínico, aunque igual hay alguien por ahí que, diccionario en mano, me lo quiero rebatir.

raquel dijo...

a veces lo pienso pero hoy lo confirmo al leer tu blog, me doi cuenta de cuanto me qeda por aprender.....