10.5.08

1.Eugène Atget (1857-1927)


 
1.Eugène Atget (1857-1927)


Cronista escrupuloso, pero sin excesivas preocupaciones estéticas, Atget trabajó durante cerca de 30 años recopilando más de 8.500 fotografías del viejo Paris, entre 1890 y 1927, que constituyen una crónica irremplazable de la capital francesa de principios del siglo XX. Aunque él prefería hablar de documentos, y no de fotografías, imbuido en su carácter retraído y sin más aspiraciones que crear un archivo sistemático de una ciudad en plena transformación. “La producción inmensa la he realizado por amor al viejo Paris, más que por el beneficio que me proporciona”, escribió en una ocasión. Actor de teatro, antes que una infección de garganta le obligará a dejar los escenarios, Atget empezó vendiendo documentos que servían como modelo a diferentes artistas: paisajes, primeros planos, escenas de género, etc. Establecida una clientela, Atget dio rienda suelta a su obsesión: fotografiar aquellos lugares que sabía que pronto iban a desaparecer de la configuración de la vieja ciudad, ajenos al embrujo de Hausmann. Por esta razón escribía en el dorso de ciertos tirajes: “A punto de desaparecer”. Atget, gris y singular fotógrafo parisino, vendía esas fotos a instituciones oficiales como la Biblioteca Nacional o el Museo de Artes Decorativas, en sintonía con una mirada fría y aséptica del objeto de la fotografía tal y cómo es. Con esa finalidad no es de extrañar que sus fotografías estén realizadas mayormente a primera hora de la mañana, ya que el interés oficial de su clientela se orientaba hacia los monumentos históricos y no las personas. Otra prueba de ello es la clasificación de sus fotografías, en series temáticas a partir de los nombres de las calles, los monumentos o los tipos de actividad.

Los encuadres de Atget, autor de una recopilación fotográfica del Viejo Paris crepuscular, eran los escaparates, los vendedores ambulantes, las calles, las tiendas, los monumentos, los detalles arquitectónicos, los oficios tradicionales, las vistas topográficas, los edificios en ruina y portales desvencijados…todo aquello que nadie mira por su peso cotidiano. Atget emprendió una búsqueda obsesiva de todo lo artístico, grandioso y pintoresco que el Viejo París conservaba bajo un prisma de ensueño mortal. No era un tema innovador, pues desde el siglo XVII los grabadores y dibujantes, y en el siglo XIX los fotógrafos, ya habían tratado la mayoría de los temas. Aunque Atget no conocía obra predecesora y trabajaba ausente en su taller, en la misma época Paul Martin en 1890 capturaba las calles y playas de Londres, y Arnold Genthe merodeaba por el barrio chino de San Francisco.

La obra de Atget ha estado, está y estará abonada a la polémica sobre el mensaje que se puede extraer de sus fotografías, de su consideración de artista o artesano, de la voluntad de diferentes corrientes artísticas en favor de la adhesión de sus imágenes. André Calmettes, fiel amigo de Atget, explicaba: “Atget decidió ser fotógrafo, fotógrafo artístico: su ambición era crear una colección de todas aquellas cosas de París y sus alrededores que eran artísticas y pintorescas”. Ello no implica que necesariamente lo que toca arte se convierta en arte. Sus representaciones deshumanizadas de los rincones de Paris ensalzan una visión poética en su descripción del entorno. Sin embargo, sus fotografías contempladas hoy responden más a la esencia de documentos de conservación que él mismo pregonaba. Con un mayor peso como pruebas testimoniales que reflejan los contrastes sociales de una época que no por su punto de vista estético, bastante primitivo. Imágenes vacías y sórdidas, disfrazadas de falsa objetividad e imbricadas en las raíces de la estética documental más impersonal, sin apenas autoría o, mejor dicho, marcada ésta por el tema. Un objeto de estudio tratado sistemáticamente con el que sobrepasó la fotografía realista, basada en la pura trascripción del medio, para inscribirse en el documentalismo de autor. Sus fotografías, impertérritas a los desenfoques y reflejos que otros habrían evitado, están más cercanas a la afirmación que a la fragmentación de la realidad.


Walter Bejamín consideraba sus fotografías como “el escenario del crimen”, y a Atget un detective que reconstruía un París ausente para muchos. Su descripción de objetos ordinarios, evocadores de simbolismos poco convencionales, así como la atmósfera cargada de sus instantáneas y su visión surrealista de lo cotidiano, hicieron que los surrealistas de la época se fijasen con gran estima en su trabajo. No obstante, él les pidió que no citasen su nombre. Los rechazó al igual que prescindió de todo el progreso técnico e industrial del París moderno: no se encuentran en sus archivos fotografías de la Torre Eiffel.

A pesar de su trabajo de corte funcionarial en los grandes rasgos, Berenice Abbott revalorizó su obra después de su muerte. No en vano adquirió gran parte de su archivo y lo publicitó a través diversas exposiciones que propiciaron su institucionalización como artista y su evaluación, por medio de diversos estudios sobre estética moderna. La propia Berenice Abbot, de regreso a Nueva York en 1929, desarrollaría su proyecto más conocido, titulado “Changing New York”, en el cual registraba de forma metódica todos los cambios arquitectónicos que se producían en la ciudad de los rascacielos.


El legado de Atget no sólo influenció de sobremanera en Abbott. Fotógrafos como Walker Evans, Ansel Adams, Robert Doisneau, Willy Ronis, o Lee Friedlander , pasando por el barcelonés Ferran Freixa y sus escaparates y pequeños comercios de finales de los 70, así como los paisajes urbanos, desolados y fantasmales de Humberto Rivas. El espíritu atgetiano también se hace palpable en las representaciones austeras de Manolo Laguillo. Ya se sabe: se ha fotografiado todo, o casi, y de todas las formas posibles, o casi.

A cuestas con su cámara - de placas de vidrio de 18x24cm, de 20 Kg de peso y un objetivo angular y descentrable para conseguir la corrección de las líneas convergentes-, Atget insufló nostalgia y drama a sus postales, fiel a un gusto intransigente y autónomo. No carente de sensibilidad social reprodujo, casi sin querer, preocupaciones sociales que también formaban parte del paisaje. Más metódico que ingenioso sus imágenes resultarían repudiables e insubstanciales por si mismas, lejos de cualquier consideración social, artística y temática. Sus fotografías forman parte de la historia del arte sin que Atget lo pretendiera, pues no pretendía nada, nada más allá que recopilar y (mal) vender esas imágenes. Ni siquiera quiso que le firmasen unas fotografías suyas publicadas en un libro dedicado a París en 1904, tal era su espíritu anónimo. El debate sigue abierto...

11 comentarios:

Laia dijo...

Que persona más interesante, me han atraído especialmente dos datos :

"fotografiar aquellos lugares que sabía que pronto iban a desaparecer"

Conozco esa sensación de querer hacer inmortal o perdurable lo que está condenado a extinguirse. Es un poco frustrante. Desde luego la fotografía es un buen medio para paliarlo.

Por otro lado sus deseos de anonimato también me han resultado por decirlo de alguna manera, sorprendetes :D .

Me he quedado con ganas de ver más fotos, investigaré. jojojo.

(hmm envidio tu plantón y más con el día tan bueno que hizo hoy...desde luego, estimulante.
Sí, soy un poco de profesora ilegal, o profesora particular lo que el término particular no sé porqué nunca me ha gustado. Mi sintaxis también debería mejorar, o eso opina mi profesor que lleva suspendiéndome tres años consecutivos :D)

Clara dijo...

Sens dubte, ets cinquena dimensió. Però necessària perquè aquesta porta dóna noves claus al meu post.

El que dius d’Oppenheim ensenya la lectura que s’ha acabat fent d’aquestes artistes quan se les introdueix a la història de l’art. En comptes de sortir-hi representades per la seva obra, se les introdueix per la seva vida. I jo la primera, que en el meu post es veu com m’he deixat seduir per aquestes lectures biogràfiques. Segurament això es deu a què en la història de l’art, la manca de grans figures femenines representatives de la talla de Vermeer o Delacroix –junt amb la poca promoció de les poques que van existir (degut al context social que reduïa les dones a la llar)- fa que les que van començar a voler-se fer sentir s’associïn constantment amb les seves vides perquè arribin a ser algú. Com Oppenheim i Miller. O com Frida Kahlo i la seva vida turmentada amb Diego Rivera. Això és el que malauradament ven.

D’Oppenheim, per exemple, se’n poden saber més coses de la seva vida que no pas de la seva obra, de la qual un no n’arriba a saber-ne gaire més enllà de la tassa peluda. És clar que també elles van ser víctimes de la seva pròpia reivindicació com a fèmines en un món androcentrista. Van fer servir la sexualitat com a arma, i ja se sap que el sexe ven i acaba sent paper de premsa rosa. El problema, però, és que no s’hagi evolucionat. Que avui, moltes vegades, ens trobem amb el mateix. El fet és que, dins de la societat de la imatge i la televisió, no se n’ha millorat l’ús, sinó que s’ha potenciat i degradat. És això que Paris H. no té ni obra, però prefereixo pensar que Oppenheim i Miller van ser més que ella.


Canviant de tema...
Atget.

El vaig conèixer a l’International Center of Photography de Nova York (no vull resultar esnob però la ciutat va ser una gran gran gran revelació per mi i no puc evitar citar-la). Va ser en una exposició contigua a la principal –que estava dedicada a Weegee (un altre descobriment, sobretot a la mateixa ciutat dels fets). Era curiós de veure com, al carregament dels flaixos i la nocturnitat de Weegee, s’hi contraposaven en unes sales més enllà els escenaris matinals boirosos i buits d’Atget. Però cap dels dos en sortia perdent; eren coses diferents.

Al veure les fotografies d’Atget, principalment em vaig sentir encuriosida per aquell París antic que ja no existeix i no em semblava estar veient l’obra subjectiva de cap artista. És totalment això que ell no pretenia res, que te n’adones només veient les seves fotografies documentals. Carrers i aparadors, aquests últims molt singulars perquè s’hi veuen els productes de l’època. Sense cap autoreflex...

I és que això m’ha portat a buscar els apunts que tenia d’una d’aquelles conferències del CaixaForum al voltant de l’exposició de Friedlander. La meva va ser "Les fotografies de Lee Friedlander en el context de l’art americà", feta per Éric de Chassey, professor d’història de l’art contemporani a la Universitat de Tours.

Pel que vaig apuntar dels aparadors, motiu sobre el qual es parlava tenint en compte a Friedlander, de Chassey va comentar que les vitrines d’Atget no són planes, que estan fetes de cantó per evitar el reflex que proporciona la frontalitat. De Chassey va apuntar que si hagués sortit el reflex no li haguessin comprat les fotografies i va afegir que "l’obra" d’Atget no és surrealista, tot i que al final de la seva carrera hi ha un surrealisme involuntari (no sé a què es referia perquè no conec tota la fotografia que va fer).

I després, llegeixo que de Chassey seguia amb Walker Evans, Robert Frank (amb Kerouac), Pop Art (James Rosenquist i Robert Rauschenberg), Louis Hyne, John Baldessari, Peter Henry Emerson (Rushy), Hopper, Martha Rossler. No els conec tots i ara veig que tenia curiositats entre papers que espero saciar aviat. En qualsevol cas, donen molt de joc els aparadors...

Jo també practico l’egocentrisme blocaire, però no ho puc evitar. En el meu cas, de vegades quan ho faig em sento com si descobrís la sopa d'all i ho volgués explicar a tothom. Amb la il·lusió de Teresa.


(Ahir en portada Morte a Venezia operística i avui entrevista a Cohn-Bendit. Somric a les pàgines dels diaris, dec semblar ximple)


Clara.

emmapetrés dijo...

menudo texto!
un gran comentario, veo que nos hemos centrado en la fotografia. Tambié n me encanta fotografiar al aire libre, pero el plató tiene su gracia, más que nada porque puedes crear tu el momento, la imagen.
Y eso también tiene su encanto

fotos muy chulas las de Atget

un beso

ANA PÉREZ dijo...

Atget parece tener una sensibilidad especial para retratar lo que le rodea con sentido, belleza y compromiso. Una figura grande!

Saludos

Ma.Ri.Na. dijo...

L’inesgotable debat ha tornat. El vell dilema existencial al voltant de què és l’art sembla no tenir resposta... Però, en el fons, confesso que m’agrada que no la tingui. Converteix l’art en quelcom més màgic, més abstracte, més singular, més inexplicable. El cas d’Atget és particularment interessant... algú que ha passat a ser clau en la història de l’art i de la fotografia, però que insistia a mantenir-se en l’anonimat, explicant que allò que feia era pur material històric i documental. Tot plegat, a vegades, em fa pensar que l’art en si no existeix, que és com una mena de concepte abstracte que hem inventat per donar nom a allò que ens provoca sensacions o també a allò que ens porta a evocar-les... (--> divagacions absurdes)

No és que estigui intentant trobar una resposta a allò que ningú ha trobat, sinó que defenso la no-resposta com la millor resposta. Com si formés part de la màgia de l’art el fet de ser inexplicable...



P.D.: "Hace siete años se produjo casualmente en el hospital de Teresa un complicado caso de enfermedad cerebral, a causa del cual llamaron con urgencia a consulta al director del hospital de Tomás. Pero el director tenía casualmente una ciática, no podía moverse y envió en su lugar a Tomás a aquel hospital local. En la ciudad había cinco hoteles, pero Tomás fue a parar, casualmente justo a aquel donde trabajaba Teresa. Casualmente le sobró algo de tiempo para ir al restaurante antes de la salida del tren. Teresa casualmente estaba de servicio y casualmente atendió la mesa de Tomás. Hizo falta que se produjeran seis casualidades para empujar a Tomás hacia Teresa, como si él mismo no tuviera ganas"


Ma.Ri.Na.

Fraentic dijo...

Interessant aquest Atget...

I aprofito per dir que París está sobrevalorada.

Ja está

ESTHER dijo...

Hola Tomás, últimamente no te hago comentarios. Quiero que sepas que leo todos tus post. Me resultan muy estimulantes e interesantes.

Un abrazo.

Jazznoize dijo...

Gracias por su visita, gran blog el suyo.
Au.

Anaïs Nit dijo...

Queremos retener lo invisible a los ojos de la rutina. Queremos ensalzar la insoportable levedad del ser para hacerla más llevadera. Fantásticas fotografías. :)

gran duc dijo...

Plas, plas, plas de nuevo. Aunque Atget quería optar por un tipo determinado de imágenes, creo que también, con la esa patina que sólo el tiempo sabe dar, ahora evocan a un París romántico.

Muy acertada la canción

Deberé informarme más sobre Atget, y conocer más su trabajo.

miminette dijo...

¡Vaya!

Llegué a vuestro blog por esas casualidades de la vida y me he encontrado con el mismísimo Alain Leroy, cosa que me lleva a preguntarle descaradamente lo siguiente:

¿Sabe usted dónde podría encontrar «Le feu follet» de Pierre Drieu La Rochelle digitalizado?

Que tenga un muy buen sábado.-


Chau!