20.12.08

Blow Up - Bring Down The Birds


Blow Up - Bring Down The Birds


"Entre las muchas maneras de combatir la nada,
una de las mejores es sacar fotografías"
Julio Cortázar



A Leo Picón, Il nome della rosa

Una fotografía nunca vista del fotógrafo chileno Sergio Larraín y su anécdota acerca del descubrimiento de un instante, no atrapado mentalmente en aquel presente sino descubierto en la cubeta, fueron el numen para que su amigo Cortázar escribiera un incierto relato que a su vez inspiraría a Antonioni.“La idea de Blow-up me vino al leer un breve relato de Julio Cortázar. No me interesaba tanto el argumento como el mecanismo de las fotografías. Descarté aquél y escribí uno nuevo, en el que el mecanismo asumía un peso y un significado diversos".

Ambas obras corren paralelas en el
nebuloso territorio entre lo visible y lo real, tanto en la imagen como en la palabra, y en donde personajes como Michel o Thomas no se revelan más reales que una figurada pelota de tenis, impulsada por mimos en una mañana de verano. Dos historias que se muestran más hechizadas por el proceso que por las conclusiones, con mayor recorrido conceptual en la exposición del director italiano. El protagonista del relato de Cortázar, Roberto Michel, fotógrafo y (o sea) traductor, cree haber captado un instante, efímero y producto del azar, sin construcción previa: un flirteo plagado de conjeturas. Quizás una criatura inocente acorralada en la telaraña del divertimento de una pareja de amantes, sólo quizás, pues la percepción de la realidad se deforma subjetivamente, al igual que el fotógrafo encuadra y reencuadra desde diferentes puntos de vista alterando los significados, jugando con el fuera de campo, cargando en definitiva de tensiones lo real y lo visible a la vez que concibe nuevas rutas. En un mismo plano focal de introspección, el lenguaje de Cortázar no es inmune y participa en el juego espolvoreando el relato con diversos puntos de vista
(“Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada.”)

,en pugna espacio-lógico-temporal
(“bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol insospechado para noviembre en París...”)
, y que tenderán a alinearse, afín al instante decisivo que sintetiza en un punto de vista e instante una historia.

Un instante decisivo trampa: realidad paralela filtrada a semejanzas y puro reflejo de unas inquietudes personales. Ya sabemos que una fotografía no es verdad, tan sólo posee la presunción de veracidad tamizada por imperativos tácitos de gusto y conciencia. La fotografía que ha hechizado a Roberto Michel no sólo actúa como certificado, sino que también desencadena un nuevo giro de realidad que da pie a nuevas conjeturas cuando un nuevo personaje abandona el fuera de campo, llenándolo de significados a posteriori. Al igual que los tiranos al dominar aquello que se retransmite determinan los acontecimientos posteriores, Michel ilumina el fuera de campo al delimitar un porción de espacio en un tiempo, siendo la fotografía mucho más significativa por todo aquello que no muestra. “Uno de los temas principales de la película es ver o no ver el valor exacto de las cosas”, comentó Antonioni.

“Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial”.
Loa al azar, al instante furtivo, a la realidad pasajera… por medio del paseante solitario contagiado por el placer de la máscara y el odio al domicilio. Un flâneur buscando convertir lo visible en invisible. En un mundo donde gobierna el desorden tanto Cortázar como Antonioni privilegian el azar de la nada, vacío de sentido, y sólo más tarde creen en la imagen. Aquella que aprende en su inconsciente lo que al ojo consciente, educado en unas determinadas representaciones y acotado a una percepción visual ordinaria, le resulta inaprensible. Se trata del “inconsciente óptico” de Walter Benjamín que revela la fugacidad inaprensible del tiempo-ahora, latente hasta la contemplación pausada y las repetidas ampliaciones de la imagen resultante, ya sea por Roberto Michel o David Hemmings, sin nombre en la película pero de nombre Thomas en el guión. “Cuando se utilizan ampliadoras […] pueden verse cosas que probablemente el ojo desnudo no sería capaz de captar", afirmó Antonioni. No es de balde que Bill, pintor abstracto amigo de Hemmings, le comenté al fotógrafo frente a un cuadro inacabado compuesto de pequeñas manchas: “Cuando lo pinto no me dice nada. Luego descubro cosas y de pronto todo se clasifica por sí solo. Es como encontrar la clave de una novela policíaca”. En este sentido, las retinas de Michel quedan expuestas ipso facto, la imagen inconsciente revelada y fijada, abonando así la creencia de un punto de vista final cercano a una impertérrita y fría lente fotográfica.

Por esencia la imagen fotográfica rebota en las personas y objetos. Bertolt Brecht dijo en una ocasión que las imágenes de una fábrica nada nos dicen sobre la explotación que encierra. Un plano general iniciático que a medida que el fotógrafo se afilia a un contexto se va cerrando, al tiempo que la cámara avanza y se aproxima, sin alejarse del todo de la reacción estética. Debajo de la superficie de esa realidad, aquella que implica desconocer de vosotros, se captura un nuevo reflejo visible de una nueva realidad. Cualquier imagen revelada sepulta otra de latente, más fiel a la realidad, y detrás de esta surge una nueva imagen… como el enamoramiento expuesto al cruel paso del tiempo. Y a poco que se amplia la imagen, tal y como hace frenéticamente David Hemmings, nos topamos con más grano, más haluros de plata, cloruro, bromuro, yoduro… más materialidad que deriva en abstracción. Una subjetividad nacida del mundo interior del artista que ignora y conjunta singularidades a su propio interés.


Nada se ha resuelto. El propio uso del lenguaje se revela crítico con la posibilidad de apresar la realidad, un vano intento por vencer a la muerte, por embalsamar el tiempo con una mueca de satisfacción. Actitud tan frívola como un travestido Hemmings saliendo del albergue de personas sin techo y montando en su Rolls Royce descapotable. Palabra y imagen se muestran antojadizas, en parte porque su trámite cotidiano les resta significado, potencia su ambigüedad y el libre albedrío en las interpretaciones. Inexpresivas a semejanza del rostro de la modelo Verushka en un film plagado de máscaras y maniquís. Y a medida que más se detiene el tiempo, más se observa la captura, más se releen los textos, más probabilidades se acumulan de llegar sin salir. “Al mirar más tiempo del necesario se desequilibra el orden establecido, en tanto que, normalmente, el tiempo exacto de una mirada es algo que dicta la sociedad”, escribió Roland Barthes. Ojo, cerebro y corazón no laten al unísono, como en Cartier-Bresson, más bien participan en desequilibrio de los modelos de vida, patrones de férrea costura reveladores de un "inconsciente vida" que privilegia las copias frente a las capturas fotográficas.

Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad, porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía, en tanto que oler, o (pero Michel se bifurca fácilmente, no hay que dejarlo que declame a gusto). De todas maneras, si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y, claro, todo esto es más bien difícil


Michel, de nuevo en la escena (o mejor dicho: la escena en él) es incapaz de obturar, incapaz de impresionar allí donde convergen todos los haces de luz, y condenado sin embargo a observar, rígido y sin voto. “Nada más que la lente de mi cámara”, escribe Cortázar. Vivo o muerto, o vivo y muerto, el ojo de Michel rompe a llorar y la cámara tirada en la hierba, sensible pero sin atrapar, seguramente sin más película, sin más secuencias, sin posibilidad de borrar ni sobreimpresionar...


Y luego otra, y a veces en cambio todo se pone gris, todo es una enorme nube, y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia, largo rato se ve llover sobre la imagen, como un llanto al revés, y poco a poco el cuadro se aclara, quizá sale el sol, y otra vez entran las nubes, de a dos, de a tres. Y las palomas, a veces, y uno que otro gorrión.


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“Cuando se ama a una persona se desea siempre que se vaya para poder soñar con ella”, le dijo Marina Tsvetáieva, una escritora a la que también había enamorado. “El amor vive en la palabra y muere en las acciones”, le contestó Rilke.


8 comentarios:

Clara dijo...

Recuerdo de una tarde de verano.
Blowing Blow Up.

emmapetrés dijo...

una de mis películas favoritas, sin duda
genial antonioni, la fotografía...

y sobretodo, el partido de tenis de los mimos al final de la película... aunque todavía no he descubierto quien gana ;)

mua!

WORKROOMFILMS dijo...

Increíble artículo.
Y no soy nada fan de la película de Antonioni. Creo que es una película desaprovechada. Una idea prestada genial que queda muy diluida.
No exagero si digo que este post dice mucho más que el film.
Me ha encantado eso de que cuanto más se amplia la mirada, más se reencuadra buscando más verdad, lo que uno se termina topando es con la más pura abstracción (aka en forma de yoduros).
Pensaba en la forma cinética de la ampliación de la mirada. Creo que el blow up cinematográfico es el slow motion. Decía Maya Deren que la cámara lenta era el microscopio de la realidad.

Me voy a leer a Cortazar.
Saludos.

junior dijo...

¡qué buenos recuerdos me trae este post! De hace un par de años, cuando estudié cine italiano en la facultad... mi trabajo se centró en un análisis de El eclipse, abstracta donde las haya.

gran duc dijo...

No dejas de sorprenderme con estos cambios de temática al que últimamente nos estás acostumbrando. Blow Up, arriesgado juzgarla. A mi, la verdad, me pareció bastante tediosa ya que es de esas películas que se hace un poco insoportable el seguirlas. Curioso el que se pretenda resolver un asesinato a través de las fotos tomadas en el parque. Eso si, al menos es bastante pop y la escena final, aunque quizá larga para mi gusto, es bastante buena con sus idas y venidas de la pelota invisible/visible. ¿Qué será lo siguiente?

La asesina ilustrada dijo...

Torno, i què trobo? que retornes al mateix camí de sempre. Amb quina facilitat abandones. Ets com els antics Déus grecs, necessites que et venerin, perquè en cas contrari només queda l'oblit. Per què et prens tanta feina? Què fàcil resulta seguir els teus moviments. Qué aconsegueixes? Almoina només. Ja et vaig dir que només et quedo jo. Saps on trobar-me. Arriscat si vols guanyar.

MBI dijo...

La recuerdo como un elemento de pausa...
Al terminar pensé, la volveré a ver...con esa pausa vital que facilita el tiempo real de sus escenas.
La volví a ver 15 años después,
mi ritmo había cambiado.Sin embargo, no me defraudó.

Sita dijo...

No és la meva prefe però té la virtut de l'atreviment o de molts atreviments, amb la qual cosa, esdevé... atrevidament suggerent. T'imagines veure-la tot xop per un xàfec d'estiu???