27.2.09

Copy! Boy! Copy! Boy! Copy Boy!




Copy! Boy! Copy! Boy! Copy Boy!



"No hacer jamás que cese el combate cuando alguien es alcanzado. Si un tipo cae, los demás deben continuar. ¿Qué puede hacer si no?"


Samuel Fuller
Park Row no forma ni formará parte jamás de ninguna filmografía básica de ningún género, ni tampoco quien redacta estas líneas volverá a verla, pero quizás si rememorarla para contagiarse de un cierto espíritu de gatillo fácil e introspecciones a posteriori. “Una película es como un campo de batalla: amor, odio, acción, violencia, muerte. En una palabra, ¡emoción!”, así definió improvisadamente Fuller (1912-1997) el cine cuando Godard se lo pidió para Pierrot le fou, uno de los muchos directores que junto a Wenders, Scorsese, Tarantino, Bertolucci o los hermanos Kaurismäki han reivindicado su figura, maltrecha durante mucho tiempo por las connotaciones políticas implícitas a su figura: fascista, anarquista de derechas, apólogo de la violencia, anticomunista y un extenso etiquetado. “A mi me ha llamado de todo…Hoy fascista, mañana comunista…Odio a los políticos, son gente que cambia de ideas constantemente, no te puedes fiar de ellos… Yo no cambio, siempre soy el mismo y opino lo que me da la gana; si a algún idiota le da por poner etiquetas, no es asunto mío”, sentenciaba el folletinesco Fuller.

Martin Scorsese lo etiquetó como el contrabandista más franco de Hollywood, un director capaz de transformar un material común para expresarse y filmar como nunca nadie lo había hecho, con especial predilección por las situaciones extremas como en The Naked Kiss y un puñado de niños tullidos cantando Mommy Dear. Desgarrador. Nada escapaba de su mordacidad, siempre lejos de una actitud contemplativa y equilibrada, cometiendo actos subversivos camuflados en filmes de serie B, sin presupuesto, sin estrellas y, generalmente, con pocos medios. Un director rabiosamente individualista y ansioso por golpear al espectador en sus butacas: “No deseo engañar al público, quiero más bien satisfacerle. Es por eso que pongo acción en mis filmes, para que sirva de soporte a mensaje, para que el público no crea que quiero darle un sermón o una conferencia”, explica Fuller, furioso antirracista.


Productor independiente arropado por las mayors - y, en concreto, por el productor Darryl Zanuck - de las que no recibía encargos, sino a las que vendía sus ideas, el anti-intelectual Fuller fue recuperado tardíamente por los caheristas, sobre todo por equiparación de modelos e intenciones: Fuller era un director con espacios de libertad dentro del férreo sistema de estudios norteamericanos, agresivo con los conceptos de géneros clásicos que muy a menudo dinamitaba con placer y su estilo, francamente enérgico y procaz, tenía la síntesis y el impacto de los grandes titulares y el estruendo de las rotativas de medianoche. Héroes y antagonistas funden sus rasgos generando incomodidad, aunque sin que por ello se entienda una alabanza a la construcción de sus personajes, pero sí a su carácter nada magnánimo, lejos de los vacuos arquetipos de Hollywood como fábrica de sueños, y más bien contaminados por las mismas tentaciones arremolinadas tras los primeros meses de un noviazgo. Principescos en sus fines y despiadados en los medios, a menudo los personajes de Fuller siguen respirando tras el telón, sin la posibilidad de otear una cierta perdurabilidad en los instantes de felicidad. Conscientes de que la vida también es un campo de batalla en la que bajo cada gesto subyace un instinto de representación, un gran vacío.

Fuller presenta en Park Row una visión idealista y trepidante del mundo del periodismo, en la que Park Row, la calle de Nueva York donde se ubicaron las más importantes rotativas de entonces, simboliza un campo de batalla con un sinfín de ambiciones y collares. Proyecto financiado personalmente con su bolsillo, el quinto filme de Fuller es un sentido tributo a sus reminiscencias periodísticas, además de gabela a nombres propios como Pulitzer, impulsor en vida de los donativos populares a través de los diarios y recaudador de más de 100.000 dólares para el pedestal, y Mergenthaler, inventor de la linotipia. El primer contacto de Fuller con el periodismo fue a los 12 años como repartidor de periódicos, ganando medio centavo por ejemplar. “Al cabo de un tiempo, un tipo adorable, Tom Foley, me enseñó el interior del periódico, incluyendo la maravilla de las maravillas, la sala de redacción que estaba situada en la séptima planta. Me enamoré inmediatamente de la profesión y trabajar en el periódico se convirtió en mi obsesión”, rememoraba Samuel Fuller.

Al concluir su jornada, el joven Fuller vagaba por Park Row, absorto en su frenesí y sintiendo el retumbar del suelo por la fuerza de las rotativas. Más tarde empezó a trabajar como copy boy, un recadero que llevaba las noticias de la mesa del redactor hasta la mesa de copias, y con 17 años, además de caricaturista político, ya se había convertido en un periodista especializado en sucesos, como crímenes y linchamientos racistas, para el New York Evening Graphic: “Hice mis primeras armas como reportero en un caso de doble muerte”, narraba un Fuller que también ejerció de negro literario antes de ser llamado a filas.

En el Nueva York de finales de siglo XIX, un periodista, interpretado por Gene Evans, se enfrentará al establishment con ideas y acción. Una batalla desigual y, por tanto, romántica, llena de sueños. Dos visiones periodísticas se contraponen en dos diarios: la venta de noticias y el afán por publicar noticias, cautivar a los lectores. Sería falso decir que Gene Evans entiende el periodismo como una herramienta de progreso social, aunque se erija en un defensor de las libertades. Su modelo de periodismo lo apuntala ventajosamente a la altura de sus ídolos para situarle en el pedestal soñado, y es por ello que gran parte del filme está bañado de una candidez algo irritante. No obstante, la dirección de Fuller se adapta al estilo periodístico imprimiendo, a través de un montaje acelerado, un ritmo frenético parejo al del mundo del periodismo y su premura en el cierre. La libertad de expresión e información, las innovaciones técnicas, la búsqueda del impacto, el caudillismo mediático…y alguna dosis de sensualidad completan el reparto.



A su bisoñez periodística nos transporta Fuller con Park Row, tal cual como él la vivió, con la misma pasión, con el mismo nervio sostenido en largos planos secuencia. A una época donde no todos fundaban un periódico para ganar dinero, sino para publicar noticias; una época donde, también hay que decirlo, fundar un periódico era una empresa más accesible que hoy en día. Una época donde los periodistas ya mostraban su habilidad para crear noticias, además de para buscarlas, aunque fuera menester hacer saltar a alguien de un puente. Sin embargo, y a diferencia de nuestro quehacer periodístico presente, eran tiempos de espíritus combativos y no contemplativos en su trasfondo, hasta el punto de acabar a mamporros ante la estatua de Benjamín Franklin, uno de los primeros editores de prensa y firmante en la redacción de la Declaración de Independencia, pues nada era intocable y todo estaba por redactar. Años donde los futuros periodistas se forjaban en las calles con las manos manchadas de tinta y no en facultades plagadas de ñoñería y pajareo, auténtico campo de batalla donde el ser declina simplemente en parecer y las historias son breves y después historia, empapeladas con el papel de una carnicería.



Cuando, a veces, se veían forzados a aventurarse fuera del Strand (...) la curiosidad que los acompañaba al regreso era casi siempre mayor que cualquier otra, porque pare ellos esa calle representaba, de manera abrumadora, a los periódicos, y los periódicos constituían, sobre poco más o menos, todo el mobiliario de su conciencia.
Los periódicos. Henry James


5 comentarios:

MBI dijo...

Ultimamente estoy vagaaaaaaaaaaaaa, incluso contemplo la posibilidad de abandonar el blog, ya me aburro conmigo misma..........
pero a tí no te abandonoXXXXXXX

gafapasta dijo...

Está claro que Fuller sabía de lo que hablaba. A mi, su cine del exceso, siempre me ha parecido más que interesante.

Saludos!

junior dijo...

sí, Fuller es uno de los grandes...

Esther* dijo...

Que grande el inicio de tu post! lo malo es cuando la que cae es una, entonces ver como cuntinúan los demás es más duro...oye me apunto alguna propuesta de Samuel Fuller a mis próximas pelis para ver.

Saludoooos!
esther*

Jin dijo...

no tengo casi nada que comentar, sólo decir que me encanta la pasión que le pones a tus soberbios análisis!