5.4.09

THE SHAME OF THE…







The SHAME of the…













The people are not innocent.
That is the only
news in all the journalism of these articles.


But do the people want good government? Are they better than the merchant and the politician? Isn’t our corrupt government, after all, representative?


The shame of the cities. Lincoln Steffens


Sin más pretensiones que las periodísticas y con el único propósito de sondear el orgullo cívico de una poco avergonzada ciudadanía, el periodista Lincoln Steffens publicó en 1904 una recopilación de artículos bajo el título The shame of the cities, previamente divulgados en la revista McClure.

Steffens no era un periodista cualquiera, era un muckracker, esa estirpe de periodistas, de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, ajusticiados de los temarios de periodismo en favor de figuras de ínfulas patrias, sensibles y poéticos narradores de las penurias de nuestros exiliados, pero, eso sí, desde su coche oficial y con los salvoconductos pertinentes para dejar atrás las columnas de conciudadanos. En suma, una visión etnocentrista que atranca toda historia del periodismo a ese genérico de la religión que cambia las iglesias por los parlamentos y, huelga decirlo, apuntalada con el apoltronamiento de catedráticos perpetuados durante décadas a lomos de una asignatura.




Los muckrackers, aglutinados muchos de ellos en la revista Collier's Weekly y, en especial, bajo el liderazgo de Norman Hapgood como director, son rebuscadores de estiércol y pioneros del periodismo de investigación y de denuncia. A principios de siglo XX acometieron con dureza contra las deficiencias del sistema capitalista, al igual que atacaron la corrupción de políticos y empresarios, las pésimas condiciones de los trabajadores y los inmigrantes, la prostitución infantil, el rol de la mujer… siempre con la etiqueta a cuestas de comunistas y socialistas en un país que los miraba con recelo. Upton Sinclair, Nellie Bly, Ida Tarbell, Lincoln Steffens, Ray Standard y Riis, o más contemporáneos como Ralph Nader. Todos ellos reportearon con vocación transformadora -- y, también, por qué no decirlo, con algo de sensacionalismo -- con el ánimo de sacudir a la sociedad y hacerla consciente de las desigualdades y las corruptelas que cobijaba en su seno. Un espíritu contestatario que hoy en día encontramos en el campo de las ideas y los ensayos, pero no de la acción periodística y los reportajes.


"I've seen the future, and it works”, anunció Steffens en 1921 después de visitar Rusia. Una época donde el optimismo frente a la revolución era inteligible, sobre todo en mentes bulliciosas y aventuradas. Aunque como siempre es mejor cometer nuevos errores que perpetuar los antiguos hasta la inconsciencia, cuando Steffens escribía sus memorias (1931) su entusiasmo soviético se había enfriado.



The shame of the cities es un recorrido por diferentes y representativas ciudades norteamericanas – Chicago, Minneapolis, Pittsburg, St.Louis, Philadelphia y Nueva York- y la deshonra que las asolaban con el beneplácito de los ciudadanos: corrupción policial y política, sobornos y la hipocresía de un pueblo lleno de presunciones. Una recopilación que, según su autor, constituye una declaración de honor y una confesión avergonzada. Steffens se interroga a través de los diferentes artículos sobre la falta de ética que subyace en una sociedad repleta de logros en el campo de la ciencia, el arte o la política. Si el conjunto de una sociedad es responsable tanto de sus logros como de sus fracasos, Steffens denuncia cómo el conjunto de individuos de una comunidad difícilmente se siente responsable de lo segundo, más prestos a echarle la culpa a los inmigrantes o a los políticos. Sin embargo, la ineficacia de un gobierno representa la pereza de un pueblo embotado por consignas individualistas, familiarizado con la barra libre y que sólo se acuerda del político cuando no puede pagar sus facturas. Y, ¿existe algo más contemporáneo que la descrispación y la indiferencia política e ideológica, más allá de los patrones hedonistas y el abrasivo proceso de personalización? Hordas de ciudadanos sin un sentido histórico, liberados simplemente para el aquí y el ahora, para el próximo parte meteorológico o líder mesiánico.



La idiosincrasia norteamericana que entronca los negocios con la libertad también es difamada como otro síntoma de egoísmo de aquellos que deploran los políticos y alaban los negocios. “Now, the typical American citizen is the business man. The typical business man is a bad citizen; he is busy”, escribe Steffens, refiriéndose a ellos como una de las principales fuentes de corrupción. Hombres de negocios y empresas que sólo atienden al gobierno en la búsqueda de las condiciones más favorables para su negocio y que sólo entienden la política como un negocio más, y por ello arriman su hombro de forma utilitaria. Nadie los ha elegido, pero tienen más poder que millones de votos en connivencia con un gobierno corrupto y una ciudadanía ensimismada en su huerto. “Don’t try to reform politics with the banker, the lawyer…”, advierte Steffens. Business man, pingüinos trajeados… títeres a pequeña escala moral y cantera de la injerencia de las más de 200 multinacionales de nuestros días que dictan sin soberanía y dinamitan los principios de la democracia representativa en la era globalizada. Así, la política se revela un artificio intrascendente, sin ningún peso en la gobernación y la dirección política. Entonces, como dice Chomsky, la política se convierte “en la sombra que los grandes negocios arrojan sobre la sociedad”.


Con más de un siglo de antelación, Steffens ya alertaba sobre los pies de barro del nuevo gigante que se abría paso, y cuyo espíritu comercial es el beneficio individual y no la prosperidad colectiva, el crédito y no el honor. Y así comercian a su conveniencia, desde el tendero hasta chairman de la General Motors, con la presunción de que no hacen nada que otros no harían en su situación, mientras que el ciudadano exige crédito de la misma forma que el drogadicto conmina por su dosis, indiferente al mañana. Y un día, mordidos por la fiebre de la avaricia y un escalafón más, la corrupción sigue a la codicia como el perro a su amo. Crisis? What crisis?

Steffens era un personaje cándido que hablaba inocentemente de como el espíritu y la voluntad del pueblo moldea a sus gobernantes: si los ciudadanos perseveran en una demanda ajustada a otros ideales, más integradores con las desigualdades, la política y los políticos se acabaran amoldando a los nuevos valores. En otras palabras, que la ciudadanía aplique los supuestos principios del libre mercado a la política para que el político, al igual que el tendero, se adapte a nuestros nuevos gustos e inclinaciones. “But do the people want good government? Are they better than the merchant and the politician? Isn’t our corrupt government, after all, representative?”, se interroga Stevens. ¿No somos responsables por dejar a Zapatero y compañía las manos libres cuando el ladrillazo arrasaba España y las familias se endeudaban? ¿No son esas familias últimas responsables de su avaricia, por ir más allá de sus posibilidades, por querer vivir para el aquí y el ahora? “We cheat our government and we let our leaders loot it, and we let them wheedle and bribe our sovereignty from us”, radiografió entonces Steffens.



“We Americans may have failed. We may be mercenary and selfish. Democracy with us may be impossible and corruption inevitable, but these articles, if they have proved nothing else, have demonstrated beyond doubt that we can stand the truth.” Y nosotros, ¿sabremos alguna día la verdad? ¿Seguirá siendo la crisis un virus del espacio? ¿Dejarán los periodistas de mirarse al ombligo y vender humo? “Nunca ha sido tan grande la distancia entre lo que pensamos y lo que escribimos; incluso diría más, nunca ha sido tan evidente la diferencia entre lo que sabemos y lo que contamos. Formamos parte del voluntariado del estímulo y la discreción. De algún modo, y casi sin darnos cuenta, nos han colocado a todos en las oficinas de Relaciones Públicas Industriales y Financieras”, escribía Gregorio Moran en su última sabatina intempestiva.






The more things a man is ashamed of, the more respectable he is. 
George Bernard Shaw, Man and Superman, act I


We need never be ashamed of our tears.
 
Great Expectations.
Charles Dickens,


9 comentarios:

Workroomfilms dijo...

Me quedo con muchas ganas de leerlo.
Leonard Cohen le dio un giro a la frase de Steffen. "I ve seen the future and its murder" decía el monje canadiense.
Me encanto Nixon vs Frost.
saludos

Alice Liddell dijo...

Hola.
En realidad no vengo a dejar ningún comentario a la entrada, vengo sólo a decir que estoy despertando poco a poco y saliendo del vacio. Vi que meses ha me dejaste un comentario preguntando si me había perdido... tenía, pues, una deuda pendiente contigo y por eso dejo hoy huella de mi paso por aquí.

Leí el libro de Hesse que me recomendaste, no lo había leído en su momento y me gustó aunque me dejó un regusto amargo, sobretodo cuando habla de la añoranza de tiempos anteriores, cuando todo era mucho más... tranquilo.

Seguiré pasando por aquí con más frecuencia. Saludos.

Flavia Company dijo...

Me gusta mucho este blog. Qué suerte haber llegado hasta aquí -gracias a ti-. Volveré, sin duda. Seguimos.

gafapasta dijo...

No podía ser más pertinente tu entrada de hoy.

Aquello de que “el conjunto de individuos de una comunidad difícilmente se siente responsable de lo segundo (los fracasos), más prestos a echarle la culpa a los inmigrantes o a los políticos” cobra todo el sentido hoy. Y si Gregorio Morán es capaz de anunciar lo que dice y no explicarlo para sus lectores, no es un periodista, sino un gregario de la economía. Para eso, mejor que sea un relaciones públicas, por lo menos no engaña sobre a quién defiende.

Sea como sea, interesantísimo tu texto como punto de partida para reflexionar. Un saludo cordial.

Workroomfilms dijo...

¡Qué coño haría sin internet!

http://www.archive.org/details/shameofcities00stefuoft

CEci dijo...

Falta hace, sin duda, reivindicar la responsabilidad individual en los desastres de este mundo que en parte nos ha tocado y en parte nos hemos ganado a pulso. Eso sí, unos son más responsables que otros.
Y falta hacen también hoy valientes -cándidos o no- como Lincoln Steffens.
Felicidades por el artículo, Tomás. Me ha encantado.
Un abrazo

gafapasta dijo...

Hahahaha! Saps que no és cert. Vaig pagar fins a l'últim cèntim de la càmera. Però va ser una bona inversió... Ains, callaré, que tornaràs amb el mateix!

Salut!

PD. Ves a veure "Control".

gran duc dijo...

¿Qué es una flor caída que retorna a la rama?, ya sabes la respuesta, porque creo que ya te la di: una mariposa.

Así es la vida, no hemos de mirar lo malo de la sociedad sino la voluntad de unos muchos o de unos pocos en intentar mejorarla.

Me ha gustado tu último trabajo.

Hay que recordar que es más fácil (y más rentable para lograr un nombre) denunciar lo malo, lo incorrecto, lo degradante... es así. No obstante también hay que ser valiente para enfrentarse al poder en su más amplio sentido, al que no le gusta que se muestren las derrotas de la sociedad a la cual representan.

Vivimos todos en una colmena. Observada desde fuera es perfecta: esta la abeja reina procurando que esta no se extinga, están sus obreras realizando todas las tareas para sustentar a su "sociedad", están sus guerreros, ... pero también están sus zánganos y también la presión y la esclavitud sobre los habitantes de la colmena, pero para verlo hay que estar dentro.

Todo es como una rueda en su interminable giro.

Aelia dijo...

Exelente post y exelentes contenidos, que han inspirado a muchos de los que intentamos recorrer el camino de las palabras. Muchas Gracias por haberte pasado por mi blog, , y haberme dado a conocer el tuyo, por el cual pienso pasarme cada vez mas seguido!

muchas gracias!