16.4.09

Sombras (también) en el paraíso I


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Extracto del artículo titulado "Sombras (también) en el paraíso” publicado, en su versión extendida, en Shangri-la. Derivas y ficciones aparte. Nº10. 2009.

Sombras (también) en el paraíso I


Director de un neorrealismo estilizado, más sobrio que poético, a diferencia de su persona. De la mínima expresión donde nada parece acontecer. De la economía en la puesta en escena, el metraje y las palabras. De los diálogos cortantes y surrealistas, absurdos en ocasiones, sinceros. Realizador de la parodia de los géneros y el amor, de los ritmos pausados, de la música, de la canción popular, del folclore, del rock, del punk, de los colores puros y los ambientes desangelados, de los desheredados y perdedores, de los desempleados y marginados, del jukebox. Autor de la depuraron, estilización y contención de los recursos expresivos, de la brutalidad, del cómic, la simplicidad y el minimalismo. Kaurismäki es un jansenista inclinado a comunicar sensaciones verdaderas en envoltorios realistas de diseño. Un formalista sin atisbo dramatismo, con grandes dosis de estoicismo en sus criaturas, con antipatía por la literaturización de los diálogos y alergia a los guiones con planteamiento, nudo y desenlace. De narraciones débiles e interiorización de cualquier sentimiento, de los antihéroes, del desencanto.

Sombras en el paraíso (1986) es la primera película de la trilogía proletaria y está protagonizada por sus dos actores fetiches y que mejor se arramblan al universo de Kaurismäki: Matti Pellonpää (1951-1995) como Nikander y Kati Outinen (1961-) en el papel de Ilona, que más adelante parodia brevemente la actriz con un cameo fúnebre en Luces al atardecer. Los guiones en las películas de Kaurismäki, muy a menudo intercambiables, son inocentes caricaturas de temas clásicos y así se refleja en sus elementales sinopsis. Sombras en el paraíso es quizás una particular y enfermiza visión del amor, es quizás una descarnada exposición del amor sujeto a las reglas del mercado, es quizás una historia de perdedores y explotación, es quizás una historia sobre el desempleo y la fragilidad del ser humano en la sociedad, es quizás una historia sobre la incomunicación y el valor de la música, es quizás una historia sobre vanas esperanzas que todavía resisten…. Sombras en el paraíso reúne fragmentos de todo ello sin incidir demasiado en ninguno, filtrados todos por un estilo ascético que depura cualquier narrativa moderna. Una depuración (en Sombras en el Paraíso todavía hay cierto dinamismo en los movimientos de cámara) que tendría su apoteosis formal en La chica de la fábrica de cerillas, cerrada a cualquier atisbo de luz, así como en su última película estrenada Luces al atardecer. Fiel a un estilo, Kaurismäki es acusado muy a menudo de inmovilismo, de filmar repetidas veces la misma película, algo excusado en cineastas como Ozu, Hitchock o Allen, pero más evidente con el cineasta finlandés
y sus rigurosos métodos de purificación, pero también de estilización y en constante preocupación por alcanzar sentimientos verdaderos, aunque para ello haya que virar la realidad en su diseño.



Nikander es un conductor del camión de la basura, un obrero sin apenas horizontes, pasado ni matices. Su caracterización es silenciosa, nunca exteriorizada, y únicamente perfilada por algunos brotes del diálogo y escenas de su vida cotidiana: vive solo, es taciturno, asiste a unas estrafalarias clases de inglés, tiene una hermana en un psiquiátrico y poca cosa más. Después de años trabajando para la compañía y justo cuando se presenta la oportunidad de progresar en un negocio propio, la muerte de su socio lo devuelve a la desgarradora realidad, ingerida con aplomo. Una existencia más preocupada en sobrevivir que en vivir, nunca rasgando más allá de la superficie de las cosas. No es casualidad que conozca a Ilona en un supermercado, lugar de paso obligado en la vida de soltero. Ilona es cajera, su tercer trabajo en pocos meses, maltratada ella por el desempleo arbitrario y el ocio estereotipado que la impulsa a visitar deprimentes discotecas con la etiqueta puesta y una sonrisa pazguata en su rostro. Un concepto de la diversión tópico y algo recurrente en las películas de Kaurismäki donde los personajes intentan empalmarse a las supuestas rutinas de felicidad sin demasiado éxito, para acabar en el sofá de casa o sin sentido después de recibir una paliza. La sociedad con sus neones los atrapa y al mismo tiempo los expulsa. Con ello, no sólo pone de relieve cierto sedentarismo en la mentalidad obrera, sino también las políticas del gobierno que han depurado cualquier atisbo de progreso y conflicto, arrinconando a los ciudadanos en el alcoholismo, el ocio de las grandes superficies y un crédito.


Al poco de salir de la cárcel (visita obligada en casi todas las películas de Kaurismäki), Nikander e Iliona se citan con apenas unos monosílabos y entra en escena una visión derrotista del amor como último refugio contra la soledad y las precariedades de la vida. Un valium contra la angustia y las dudas que surgen a cada paso. Sin embargo, ese pacto (quizás contra el pavor a la muerte) no les elevará de condición, e igualmente serán marginados por su condición social cuando intenten cenar en un buen restaurante o ella hospedarse en un hotel. Antes pero, IIona es despedida injustamente con burdos pretextos incapaces de disimular el nepotismo de su patrón. Frente a una injusticia más, IIona roba y opta por huir. El azar hace acto de presencia y junto con Nikander emprenderán una huida sin destino en la que vislumbran la posibilidad de un cierto equilibrio. Una dudosa felicidad, seguramente no la soñada, pero la opción más realista. Con todo, la frágil dicotomía entre la rigidez de unos sueños (dream of life) y su renuncia provoca una ruptura que hundirá al protagonista sin grandes aspavientos y tras la visión bicolor de las gafas de sol tras las que se protege inútilmente. No se rebela contra el dolor o el sin sentido del dolor, más bien se lo inyecta con la mirada pérdida.

Su posterior reencuentro es un misterio, una parodia: la aceptación de las renuncias, de esas sombras de un paraíso soñado, crítica implacable contra el Yo sediento de una realización imposible auspiciada por Hollywood. Un misterio, pues el porqué las personas se comportan como lo hacen es, en último término, incomprensible. Amor, solidaridad, camaradas de la precariedad y la desolación afectiva… la cuestión es que ambos emprenden la fuga, a Tallin con sus gélidos y oscuros inviernos, su primavera seca y sus veranos lluviosos y cálidos.
Un happy end ensombrecido tras Älä Kiiruhda de Harri Marstio.


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Mi pobre corazón te anhela
Está latiendo aquí en total soledad.
Así que date prisa, por favor,
oh, ven rápido a casa
La vida de un hombre es tan corta.
Ven rápido a mi, mi amor, mi vida
Tú me das todo.
Deprisa, por favor, ven rápido a mí
Todo aquí es tuyo.
Pero amigo, aunque pregunte
Sé que todo es en vano.
Incluso aunque te anhele
Día y noche, no corras hacia mí.
No, porque también lo sabes
La vida sólo nos traería dolor.
No te des prisa ahora tras de mi
Las sombras aquí te tragarían.
No te des prisa,
mira el bello mundo
Porque aquí
No verás lágrimas.






3 comentarios:

Workroomfilms dijo...

hola
Excelente artículo.
Me encanta la Chica de la fábrica...
¿Has podido ver Juha? Llevo tiempo detrás de esta película.

Veo que te gustó Control.

Abril dijo...

Y toda mi vida queriendo saber de quién era esa otra canción.... gracias.

Clara dijo...

Recordo que quan la vaig veure em va fer pensar una mica en l'atmosfera que Isabel Coixet dibuixa per al personatge de Sarah Polley a l'inici de "La vida secreta de las palabras".

Un escenari de vida auster, més aviat només de trànsit. Un mecanicisme programat per part dels altres, com si la vida fos una roda i a ells mai els haguessin demanat com la volien fer girar. Però n'haguessin patit les brutes conseqüències.