21.6.09

Don't cry for me, 'cause I'm going to Kansas City



Artículo publicado en la revista Más Jazz (II -2009)


Chasin'the bird


Don't cry for me, 'cause I'm going to Kansas City




Para producir belleza, debemos sufrir dolor.

Charlie Parker

He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.
Aullidos. Allen Ginsberg


Los primeros pasos de Charlie Parker acostumbran a estar fabulados por la impetuosidad de un genio en un ambiente musicalmente desolado y polvoriento, sin reputación alguna y lejos de la fastuosidad de Nueva York, Chicago o la raigambre de Nueva Orleáns. Exegetas y admiradores se han emborrachado - una soberana cogorza, en ocasiones- de mitomanía, quizás fruto de una época donde se leen con más apasionamiento los prólogos y las reseñas que no las obras. En el arte, desdichadamente, la muerte por desgarradura cotiza al alza y construye calcos opacos de una teatralidad manifiesta. Una conducta exacerbaba en el jazz, un mundo de historias orales.

Bird
, autodidacta como Monk y tantos otros, no sería Bird si no hubiera estado en el lugar y el momento preciso: un entorno social y cultural que estimuló su necesitada y adictiva creatividad, además de constituir una válvula de escape a la marginalidad.
Para asombro de muchos, incluidos jerifaltes de la música de Nueva York de la importancia de Joe Hammond o Joe Glaser de Chicago, Kansas City era un hervidero de night clubs que no habían cerrado sus puertas durante la ley seca (Volstead Act) y tampoco durante principios de los años 30, indiferentes a la depresión que asolaba el país. Night clubs con música en directo hasta el amanecer, instante en que los músicos volvían a acarrear los instrumentos hasta sus fondas. "The clubs didn't close. About 7:00 in the morning the cleanup man would come and all the guys at the bar would move out of the way. And the bartender would serve them at the table while the place got cleaned up. Then they would go back to the bar. The clubs went 24 hours a day”, explica Jay McShann, músico insigne. Kansas City, gracias a su importancia en el mercado del ganado y el trigo, se había convertido en el principal centro comercial de una extensa área geográfica desde Houston a Denver, además de lugar de entretenimiento que atraía a pequeños y grandes clientes del sudoeste debido al encanto de sus cabarets, salas de apuestas, night clubs, burdeles... organizados por el sindicato del crimen.

“Boss” Tom Pendergast era el jerarca, un despótico y populista alcalde demócrata y, sin embargo, merecedor con todos los honores de alguna reseña en la historia del jazz. Caso paradigmático de la vinculación entre los bajos fondos y el arte, y sobre todo el jazz, siempre elevado a la potencia allí donde el ocio desenfrenado se desata. Edgard Murrow, periodista del Omaha World-Hearld, recomendó a su lectores: "If you want to see some sin, forget Paris and go to Kansas City. With the possible exception of such renowned centers as Singapore and Port Said, Kansas City has the greatest sin industry in the world". Pendergast hizo de Kansas City un sórdido precedente de Las Vegas, pues merced al juego generaba unas ganancias de unos 100 millones de dólares anuales y un millón por la venta de drogas ilegales: no en vano Kansas City era el cuartel desde donde se distribuía la cocaína, morfina y heroína a través de todo el suroeste. Todo ello a sumar las nada desdeñables cifras resultantes de la prostitución y el alcohol. Con todo, los precios eran igual de atractivos. En el Reno Club, donde trabajaba la orquesta de Count Basie, paradigma del estilo de Kansas City y su mayor hito, la cerveza costaba cinco centavos, el whisky quince centavos, los cigarrillos de marihuana se vendían a tres unidades por veinticinco centavos y las visitas a los habitaciones a dos dólares.

La llamada “prosperidad de Pendergast”, un ayuntamiento tan tolerante como corrupto y un entorno acogedor para la mayoría de vicios sociales, propició un efecto llamada en la comunidad musical, depauperada por la depresión. Músicos de otras ciudades, cada vez en mayor número, llegaban para participar de la bonanza y hacia mediados de los años 30 la ciudad de Kansas City se había erigido como rival potencial de Nueva York y Chicago debido al acopio de talentos jazzísticos transitando por el downtown. Las calles de Kansas City encarnaban un clima de oportunidades copiosas y el imperio de Pendergast un refugio en plena depresión. En ningún otro lugar de Norteamérica había más trabajo para los músicos, ni tampoco más bandas (Twelve Clouds Of Joy de Andy Kirk o Blue Devils de Walter Page, por citar dos históricas). Ni tampoco más talento soplando los cobres.

En 1935 el nivel de los saxofonistas que batallaban en Kansas City era de leyenda. Ben Webster con la banda
Twelve Clouds of Joy, Lester Young en el Reno Club, Herschel Evans - archirival de Lester-, Dick Wilson, Buck Douglas, Herman Walter, Henry Bridges, Eddie Barefield, Prof Smith… Y como epígrafe la batalla en el club Cherry Blossom, en 1934, entre el mejor saxofonista del momento, Coleman Hawkins, y el trío de Kansas City formado por Lester Young, Ben Webster y Herschel Evans. Una jam session legendaria – hasta más allá del amanecer, hasta el mediodía- que entronizó a Lester Young como el nuevo soberano del saxo, el espejo de las generaciones en ruta. Los ecos de la noticia se extendieron como un reguero de pólvora y no mucho más tarde Fletcher Henderson le ofrecería el puesto de Hawkins, al partir este a Europa. El boca a boca y las emisiones de radio no tardaron en atraer de las grandes ciudades a los mandamases de la industria. Joe Hammond, persona capital en el lanzamiento de Benny Goodman como el rey del swing, atónito en 1935 al escuchar por la radio a la banda de Count Basie, llegó a la ciudad con un contrato bajo el brazo, aunque finalmente Basie le daría la espalda y firmaría con Dave Krapp de Decca. Joe Glaser, manager de Louis Armstrong, tampoco perdía ojo. Atrás quedaban bandas pioneras en Kansas City, en especial de la Bennie Moten, cuyo legado llevaría a las más altas cotas Count Basie.

Tal atmósfera licenciosa se transpuso es un estilo musical característico de gran modernidad y riqueza, fomentado sobretodo por el trabajo estable, la concentración de talento y la carencia de presiones comerciales. En Kansas City nadie decía a los músicos que tocar o cómo debían tocar: los músicos tenían libertad para crear siguiendo sus directrices y antojos. Los gangsters que dirigían los clubes no exigían más que música bailable y animada. Los ingredientes de ese estilo hervían a presión: la tradición del blues del suroeste, los sonidos de las big bands del nordeste y el carácter informal de las jam sessions de Harlem, con sus improvisados solos.

Y allí se encontraba un imberbe Charlie Parker, cuyos años formativos y altamente impresionables coincidieron con el reinado de Pendergast, infiltrado en los clubes después de haber burlado a los porteros y a su madre, encaramado en una galería desde donde divisaba en panorámica todo lo que acontecía en el Reno Club. Y allí Charlie Parker escuchaba las notas, las melodías, ensayaba con sus dedos sobre teclas imaginarias, fantaseaba estar tocando con Lester Young, emulaba sus poses, recibía entusiastas silbidos de aprobación… Mientras Lester Young escribía páginas de historia, Charlie Parker recibía su educación.

Sí, Parker tenía un talento innato, una memoria prodigiosa. Nada en un ambiente inapropiado. Kansas City, con su desatada amalgama de influencias dispares, fue para muchos la correa de transmisión hacia un estilo que daba la espalda a las grandes bandas para crear en solitario y cada vez más esquivo al gran público, un atajo hacía el Minton’s Playhouse, hacia el bebop. Sin embargo, a Charlie Parker nadie le dio lecciones, a nadie tenía disponible para orientarse: los músicos dormían durante el día y Bird únicamente tenía oportunidad de escucharlos. Cuando eran abordados siempre eludían sus preguntas y bromeaban con sorna acerca de su pubescencia. Así pues, Parker iba solventando sin ayuda sus dudas: como preparar las lengüetas, soplar, rellenar las teclas, como usar los dedos para extraer diferentes cualidades de una misma nota... hay infinidad de detalles en un saxo involucrados con los sonidos resultantes. Sin un método coherente, la colocación de sus dedos se revelaba producto de la observación. Nadie le había colocado los dedos, tal y como un buen profesor hubiera hecho. Muy a menudo era incapaz de producir una determinada nota, pero sabía como sonaba. Las notas noctámbulas eran absorbidas, todo era clasificado para ser recuperado más adelante. Sus ideas musicales de trovador habían dejado atrás su habilidad para ejecutarlas.


La emigración de la banda de Basie, que tocaba sin tener música escrita, algo inusual en aquellos días, coincidió con el final de la gran época, señaló el declive de la corrupción que había potenciado la economía local durante los peores años de la depresión. El periódico Kansas City Star sacaba a luz una serie de artículos denunciando los fraudes electorales perpetrados por la maquinaria de Pendergast: direcciones ficticias usadas para registrar centenares de votos fantasmas. Las fuerzas de oposición a Boss Tom cerraban filas alrededor de un comité reformista. El fiscal federal Maurice Milligan, apoyado por el senador LLoyd C. Stark, reportó evidencias de que Pendergast había defraudado al estado más de medio millón de dólares en impuestos, sin contar los tejemanejes de las apuestas ilegales. El fiscal también puso al descubierto la telaraña de corporaciones del imperio Pendergast que tenía el monopolio de la construcción y el empleo público, en definitiva todo el tráfico ilícito de influencias. Ni siquiera la intervención del senador Harry.S.Truman, émulo de LLoyd C. Stark, pudo salvar a Pendergast. Tan pronto como el jefe cayó, condenado a 14 meses de prisión por evasión de impuestos, atajo semejante al enjaretado a Al Capone, una cuadrilla de secuaces ubicados estratégicamente hizo lo propio, incluido el jefe de policía. Hasta 259 acusados fueron condenados. Al unísono, las bandas de música reducían personal hasta su desaparición, los mejores músicos emigraban aprovechando la fama adquirida y la música en directo dejaba paso a la música enlatada del jukebox.

…Stark's agents descended on Kansas City, enforcing state liquor restrictions to the letter of the law and forcing clubs on 12th and 18th Streets to shut down at 2 A.M. and remain closed on Sunday. The curtailed operating hours immediately eroded the quantity and quality of nightlife in Kansas City. Facing decreased revenues from the loss of late night and early morning customers, club owners scaled back on entertainment by replacing musicians with jukeboxes. Musicians relying exclusively on club work soon found themselves looking for day jobs."



Los días de expendedurías de licor, la prostitució
n, el tráfico de narcóticos en las esquinas, la corrupción policial, los gángsteres…eran historia. Con la llegada del nuevo alcalde, Bryce Smith, y sus aires de reforma, se inició una campaña para limpiar la imagen y las calles de Kansas City. Además de las casas de apuestas y prostíbulos, la nueva administración cerró los clubes dirigidos por los gangsters donde los músicos de jazz habían crecido. En 1939, pocas semanas después de la condena a Pendergast, Charlie Parker tomaba altura y abandonaba Kansas City para no volver jamás como residente. Decidido, preparado, consagrado plenamente al jazz, incasable y llenó de ambición. "There was one thing he wanted to do. He didn’t worry about anything else -- as long as he could play that horn”, comenta Jay McShann. El jazz se había convertido en su forma de vida, celoso de cualquier otra intromisión. Había aprendido de primera mano de los mejores solistas, había escuchado, reescuchado, ralentizado cada solo en su gramófono… sus ideas pugnaban por salir impelidas por otras nuevas, traspasando límites y explosionando sin mesura, sus alas desplegadas. Now’s the time.







Sus conquistas son como un sueño, las olvida al despertar cuando los aplausos lo traen de vuelta, a él que anda tan lejos viviendo su cuarto de hora de minuto y medio.

Julio Cortázar








5 comentarios:

Esther* dijo...

"Para producir belleza, debemos sufrir dolor" uf...pelos de punta...yo también quiero contemplar el jazz desde las alturas de la ciudad*

MBI dijo...

Una de estas ventanas ya la había robado, la otra lo hago ahora.
····························
Pronto estará en mi blog, sé que tú recordabas a esta ladrona.
XX

Lara Oliveau dijo...

BIRD LIVES

Jin dijo...

gracias por recordar esto... y el libro de Cortázar!

Anónimo dijo...

Muy buen post, estoy casi 100% de acuerdo contigo :)