13.12.09

Llorando a aquella que creyó amarme



Llorando a aquella que creyó amarme




Almost me
Almost you
Almost blue




Alberto García-Alix (León, 1956) dejó el obturador de su cámara abierto unos minutos. Para él, la fotografía es fundamentalmente una forma de hacer poesía, y con una cámara y ganas empezó en el año 1976 a iniciarse en algo que le dio sentido a su vida. Alberto nunca me concedió esta entrevista. Tampoco nunca se la pedí. Eso sí, recomiendo la primera mitad de su libro Moriremos mirando (La Fábrica). Escribe y dispara. Es posible.

¿Alberto, gracias por …?
Es el arma de un crimen. Cuesta creerlo, pero así es: terrible, pavoroso, absurdo, irracional. No exagero. Es un arma de extremada y refinada maldad, que de golpe no mata…pero matará.

¿La fotografía, el retrato?
Estoy seguro. Hiere donde más duele. Allí, sin piedad, golpea y cómo golpea. Con qué saña. Con qué alevosía, con verdaderas ganas…¡Qué no se diga!

Exageras.
Por buscarle una similitud, por comparar sus golpes de una manera creíble con algo, diría que son… como puñaladas. Sí, puñaladas en procesión, una tras otra, sin descanso, pues más tarde o más temprano siempre llegan y, aun sin ser visibles, siempre dejan profundas heridas. Hoy son ya muchas, demasiadas. Las más antiguas aún sangran. Las recientes, no es que duelan, no. Torturan. Destruyen. Acogotan. Y las que vienen, que seguro vendrán, me temo que acabarán matando. No hablo por hablar, tampoco miento. Tengo poderosas razones para confesar que la fotografía es el arma de un crimen.

Eres cómplice entonces.
Sí, soy su cómplice… y además su víctima. Sí, yo, quién, golpe tras golpe, teme ser asesinado, destruido, aniquilado, y aun sabiéndolo callo. Y por si fuera poco, encima ayudo.

No eres el único.
¿Me pedía demasiado a mí mismo o le pedía demasiado a la fotografía? No tengo respuesta. Lo que sí era cierto es que en la fotografía estaba depositada mi fe, mi futuro, mi autoestima. Mi yo convertido en un mundo propio.

Un poco remilgado.
Sí, dicho así parece moña. No lo es. Te aseguro que es algo muy serio, o quizás no tan serio, pero algo, en cualquier caso, se quebró en mi interior. Me odié y, como siempre que llegan las heridas, hasta pensé en colgar los hábitos, mandar a tomar por culo mi apasionado y querido trabajo. Pero abandonar, aun queriéndolo, ya no era posible. Estaba enganchado, enviciado, atrapado. No creas que es fácil ser drogadicto, querer más y más a sabiendas del daño que causa y de las heridas que vendrán hasta que llegue la última, la que quizás jubile mis cámaras.

¿No encontraste paliativo?
Encontré respuestas, algunas con trampa, no importa. Sirven para seguir luchando. Más humilde. Más vejado. Más dolorido. Más sabio y orgulloso. Y, duele decirlo…, más fotógrafo. Quién me lo iba a decir a mí, un cobarde, que a fuerza de golpes y años aprendí que todo aquello que por mi expreso deseo se pusiese enfrente de mi cámara sólo sería retratado por la voluntad de entenderme a mí mismo. Al mismo cobarde que una lejana mañana fue a ver a su abuela y cometió la indignidad de no hacer lo que su sagrado código como fotógrafo le exigía.


¿Tu abuela?
La mejor foto, el retrato que nunca, ni aun queriéndolo, hubiese podido hacer de mi abuela, estaba al alcance de mi mano…y también una de sus tetas. Qué gran momento. Excepcional. Si no lo veo, no lo creo. Todo encajaba. La luz, el decorado, ella… Y allí estaba yo, fuera de juego, teniendo la certeza de que en segundos esa imagen única y extraordinaria desaparecería para siempre. Se volatilizaría en la nada.

Debías ser rápido.
Y armarme de valor. Luego, una vez con la cámara en las manos, ya sería fácil. Tendría, qué menos, premio seguro. Pero la cámara, la maldita cámara, reposaba, por mi culpa, silenciosa en una silla a mi lado y hasta parecía avergonzada de tener por compañero a una gallina que no hacía otra cosa que, lleno de furor, gritarse hazle la foto, hazle la foto.

Y nada.
No tuve el coraje. Tampoco lo intenté. Tampoco pedí nada. Cerré los ojos, sólo un momento, sólo, y al abrirlos ya no hubo tiempo. La foto se fue. Soy cobarde, esa realidad a la que no quito ni una coma es terriblemente dolorosa. Espeluzna. Pero con todo, más que dolor y pena, me produce una infinita curiosidad. Curiosidad de ver mi alma, descubrir quién de verdad soy y adivinar qué puedo ver. Sólo esta curiosidad es suficiente para reforzar mi voluntad de seguir y me da, además, la capacidad de sufrir.

Y sonreír, quizás.
Todos juntos sudamos y nos esforzamos para que cuando se enciendan los focos el espectador vea brillantez y magia. Risas y trucos, habilidad y trampas… Ésa es la realidad. Y nuestra realidad va regida por códigos y el más estricto se concreta en la siguiente frase: “Si al domador se lo comen los leones…, los trapecistas a la pista”.

¡
Qué siga el espectáculo!
Reconócelo, es un buen truco de ilusionista, una ágil voltereta que sin serlo parece mortal. Son miles de fotos las que he tomado y, créeme, sólo son buenas las que tienen muerte o las que llevan sensualidad, fracaso de vivir, eterno carnaval. Por ellas sigo aferrado a la cámara.


¿Sólo por ellas?
Todos están convencidos de la sinceridad y la ternura de nuestro amor, y no es verdad. Es mentira. La realidad es otra: yo no la quiero y nada queda ya de aquel apasionado amor que me unió a ella un maldito día. Sé que cuesta creerlo, pero …¡cuánto la odio! La detesto. La aborrezco tanto, que si condenando mi alma me librase de ella, sin dudarlo lo haría. Pero el demonio debe ser su aliado, porque me es absolutamente imposible escaparme y anular su maligna influencia, y tan amarrado y cogido me tiene que se ha hecho dueña de mi voluntad y de mi vida. ¡Qué miedo le tengo a la muy puta! Tan virtuosa que parecía al principio tras sus lentes y ha resultado ser una fiera que a todas horas me esclaviza y me somete a sus enfermizos deseos. Una zorra. Sí, eso es lo que es la lasciva y depravada hipócrita, que sin que nadie lo sepa me destruye, me tortura, me domina con su fuerza y que, además, sin recatarse, fomenta y participa de mis vicios, disfrutando con ello. Un monstruo cruel que mientras más me humilla, más me arrastra al delito.

Donde las dan las toman.
Que se joda, ella tampoco es libre ni aunque quiera puede desprenderse de mí. Para su desgracia, la amarra el amor que la muy tonta aún me tiene. Y, por si fuera poca condena, yo, ése a quien ha hecho tanto daño, soy el dueño de sus pasos, pues de tan cegata que es, solamente puede ver a través de mis ojos.

Eres cruel.
¡Ah, bien que disfruto y me regodeo vengándome de su tiranía, destruyendo sin compasión sus ambiciones! Cuando salimos bajo la luz de los mortecinos setenta vatios vestidos de lentejuelas a la pista, sé que ella querría ser la estrella, y eso sí que no. Nunca lo conseguirá. Allí soy yo quien dirijo, sin temblarme el látigo en la mano, y a mi voz de mando la obligo a hacer lo que quiero en mi propio beneficio. Según la función, un día es conejo en la chistera y otro el trapecio donde me balanceo. Mañana será también la cuerda floja por la que andaré.


Tampoco eres inocente.
Ya ves, nunca soy inocente, necesito poseer, cazar el momento, apropiarme de ese algo que intuyo…intencionadamente. Es culpa de la perversidad de la cámara. Obliga a mirar. Con la cámara, protegido y encerrado en mí mismo, he aprendido a observar. Decido cómo y dónde mirar. Aún más, he desarrollado una mirada frontal, una mirada de púgil, y parapetado tras ella me convierto en un cíclope con un único ojo anhelante. Cuando en Barcelona le pedí a La Cicciolina que me dejara tomarle un primer plano, me rogó que no le hiciera fotos de frente. Temía que viese el dolor. Justamente lo que yo deseaba.

Exhibirla y exhibirte.
La fotografía también me ha convertido en un exhibicionista de mi intimidad. Es inevitable encontrar en mis fotos un itinerario autobiográfico. Lo hay, pero no es más que polvo visible del camino. Polvo que se pega a mis fotografías. No es importante.

¿Entonces?
Hago fotos porque me siento un fabulador, un cuentista, un aprendiz de poeta que intuye, a su pesar, que sus fotos son la odisea de una catástrofe.

Que tú haces visible.
Es por esta conciencia que tengo de la fotografía que me veo a mí mismo como un aprovechado. Un depredador; me lo como todo: lo que vuela…¡a mi cazuela!

Me recuerdas a...
La construcción de una imagen requiere siempre una parada obligatoria terriblemente necesaria, que por fuerza nos lleva a la comprensión de lo que tenemos enfrente. O, por lo menos, a buscarla. El acto de crear una fotografía va más allá de poner un carrete, enfocar y apretar el disparador. Es una manera de intentar hacer un uso consciente, lúcido y sensible de la cámara, que es un poderoso artilugio capaz de generar un campo magnético donde fotógrafo y modelo sostienen siempre un singular pulso.


¿Y la estética?
Decidir dónde miro y con qué intencionalidad es mi única estética. Al final la fotografía es un látigo. Muestra sin contemplaciones tus vicios y tus virtudes. Las cámaras me dan miedo, porque sé lo que puede verse a través de ellas. Para empezar, creo que cada uno de los habitantes de la Tierra somos ecce homo. Toda experiencia relacionada con la visión, con la creación, conduce a desangrarse.

Una publicidad inmejorable para las escuelas de fotografía.
Muchas veces he sentido deseos de ponerme a llorar enfrente de la cámara, de intentar expresar, sólo con los ojos, el sentimiento del paso del tiempo, el recuerdo de la noche pasada. Me asusta reconocerme en ellas, no poder mirarlas como simple espectador.

¿Y la ficción?
No se coge una cámara para no ver. Se coge para detener la
mirada y enfocar, para preguntarse acerca de lo que estás viendo, para percibir las presencias invisibles. No soy capaz de inventar. No tengo nada que contar que no sea yo mismo. Necesito estar de cuerpo presente, fotografiar mi entorno inmediato, lo que puedo tocar, lo que encuentro delante. Si no hay encuentro no hay nada. La magia de la vida es el encuentro.

El instante.
Sí. No es el resultado lo que cuenta, sino el trance, el momento que vives cuando estás con la cámara.


Y luchas contra el olvido.
La fotografía no recoge nunca el presente, por eso lleva consigo una carga tan grande de melancolía y de fatalidad. Una vez apretado el disparador de la cámara, el
sujeto queda preso en la imagen. Ya no es presente, es pasado. Ya no somos como somos, somos como éramos. Y si ya no te acuerdas de cómo eras, la locura está cerca.




pero ahora no sabría decir
para qué maldita cosa
servía haber leído todo eso

Playstation. Cristina Peri Rossi.

Algunas palabras que hemos dicho
regresan y se paran a nuestro lado
como si quisieran convencernos
de que llegaron a alguna otra parte

Caer de vacío en vacío
como un pájaro que cae para morir
y de pronto siente que va seguir volando

Poesía vertical. Roberto Juarroz.



7 comentarios:

Óscar García dijo...

Claro que se puede. Disparar al escribir y al fotografiar.

¡Ay, la fotoadicción! La mayoría lo son de los equipos. Comprar la última maravilla que supone que hará la fotografía por él.

El problema se da cuando la fotoadicción es la verdadera, la adicción a la imagen. Entonces no hay nada que hacer. Perdido, dominado por ella, intentado alcanzar lo inaprehensible. Percibiendo el fracaso, día tras día, por un momento, una imagen, que justifique todo el esfuerzo vertido.

WORKROOMFILMS dijo...

lo de que lleven "el fracaso de vivir" es una definición antológica, casi pessoniana.

MBI dijo...

Esta entarda es una diana
Una de las mejores.
Mi mejor rastreo...
El vacío en la pupila
lo llena todo de contenido.
No hay como un hueco para atraer lo esencial..........

Alexxander dijo...

me ha gustado mucho tu blog, te pongo entre mis enlaces!

saludos.

MBI dijo...

Siempre lo mismo
*deseando amar*
otra vez...........
sin remedio,
ahora.

marianalisis dijo...

Un blog muy interesante realmente.
Un gusto encontrarlo.
Abrazos.

Jin dijo...

muy buena entrada, gracias Tomás!