18.9.10

The Waste Land






The Waste Land











¡Cómo se libró forcejeando de mis brazos y voló a su encuentro! Yo me quedé mirándolos
con el corazón deshecho. Pero apenas le dio ella la mano, apenas se hubo lanzado a sus brazos,
cuando de pronto se volvió de nuevo hacia mí, corrió a mi lado como una ráfaga de viento, como un
relámpago, y antes de que yo me diera cuenta, me rodeó el cuello con los brazos y me besó con fuerza,
ardientemente. Luego, sin decirme una palabra, corrió otra vez a él, le cogió de la mano y le arrastró tras sí. Yo me quedé largo rato donde estaba, siguiéndoles con la mirada. Por fin se perdieron de vista.

Noches blancas. Fiódor Dostoyevski


This teenage thing is getting out of hand

Absolute Beginners. Colin MacInnes



Noches blancas. Hampstead Heath, allí seguía. Sus ojos no acertaban a seguir una línea más, descabalgaban, su mirada se despeñaba entre párrafos, de vacío en vacío. Entrelíneas de un estremecimiento. Pensaba en libros sin leerlos, los compraba. Su espíritu entre brumas se negaba a empaparse más. Era septiembre y ya andaba con antibióticos, velando su sufrimiento para no dejarla escapar más lejos. Ya no mendigaba ni interpretaba desganado: el odio le conservaba. Una emoción no borraba la anterior, se amontonaban como diarios viejos con las noticias de siempre. Nada cicatrizaba, y no por falta de reposo. No más imágenes ni literatura, palabras que pierden su equilibrio para no decir, y con las que te apedrean. Un residuo. Él no destruía para vivir. La confusión de tiempos verbales, de voces y la ausencia de puntos y aparte no le incomodaba. Des Esseintes (¡Vaya!-exclamó mirando su reloj- ¡Pero si ya es hora de volver a casa!) le había susurrado desde su confinamiento: Haz a los demás lo que no quieras que ellos te hagan a ti. Si se afligen les sueltas que no saben gozar ni aprovechar las oportunidades. ¡Muermos! Odia a tus progenitores. La vida necesita dinero, pisos, y él no tenía suficiente, ni tampoco ganas de ponerse a la cola. Las filas rebajan toda pretensión. ¡Es su turno!, le decían después de esperar largo tiempo. ¡Do your Business! Whatever works, el letargo de las aspiraciones románticas. Aproveche, que está sola, ¡por ahora! La revolución del autoservicio, del divismo, porque yo lo valgo. La melodía más bella, una tonadilla vulgar cuando la tararean otros, las Gimnopedias de Satie para móviles. Actuar, decidirse o desaparecer, desaparecer. Silenciarse, y ser digno de admiración. Un rosco, es. Dejarse hacer. Hacerse el muerto. Claro, uno se hace viejo, o se siente, y no es divertido. Resucitar. Retozar con gente que no amarás nunca, morder, visitar las ruinas y sorprenderse. Privación, necesidad… reflotan el deseo: esclerosis. Le hacían sentir barato entre tanta palpitación desbocada, el ímpetu de las noches blancas. ¡Dí que ha sido fantástico! La juventud debía despuntar sobre la comprensión, debía. Olvidar el arma en el lugar del crimen y mezclarse entre el gentío, besar sin mirar a quien, como un padre. El marqués decía que el paladar se embota, que el hastío se impone siempre y los enamorados caen reventados, huérfanos, ¡pues ya está! Querer es un verbo. Pasó algunas páginas. Sólo le interesaban las primeras veces, pero sentía pavor de los relámpagos de ternura, sin simulacro de resistencia, de victoria, de preferencia, de un trato a favor. Todo eran caricias a granel, vocablos entre paréntesis. ¡Yo no perdí el tiempo¡ Por si acaso. No soportaba su ternura y su fidelidad, no toleraba sus zalamerías y su levedad, un bonito recuerdo traicionero. ¿Qué clase de verdad es esa? No había otra cosa que la mentira, tan sucia como la verdad, y la mendicidad. Los problemas amargan, debía escurrir el bulto. ¿Cómo puede ayudar un náufrago a otro náufrago? Sus incentivos son una resistencia inútil. Los reencuentros son de cobardes, de corazones mercantiles: valium en la despensa. Aunque diga que esperó, le dieron la patada con el buen tiempo. Una feliz esperanza, pero nada tan vivo y tangible como un sueño…y abandonar a los vivos. Qué inocente Mastroianni. Algo que no sucede ahora debía permanecer enterrado, bien hondo. Los ángeles no asumen riesgos. Su egoísmo le carcomía las fuerzas. Se sorprendía que no se desataran carnicerías diarias: nadie estaba a la altura de su odio, ni de su amor entre dientes. El país era pura abdicación. Nada tenía que cambiar ya para que todo siguiera igual, o bastante peor. No había libertad para ser desgraciados, sólo para amar el porvenir sin alzar la voz, como si existiera, con una sonrisa de oreja a oreja. No habitaba respiro sin humillación previa. ¿Acaso les pagaban como figurantes por picar a la puerta aquí y allí, ofrecerse a todas las empresas? ¡No esperes a que te llamen! Saca partido a la desesperación, que alguien te dicte. La crisis era su colchón. “Lo has negativizado todo”. Virgen del horror y del placer, de esas tres frases, lo que puedes hacer al final de una noche. Los cadáveres son comprensivos. Y con las palabras todas precauciones son pocas, todos esos rollos que se andan soltando, esos abortos de felicidad. Aforismos que otros ponen en sus bocas, postales, antologías y grandes éxitos. Los había dicho para que resonaran en sus sueños, repicaran sin descanso. No tenía tiempo de asear sus miserias, la vulgaridad de su éxito. Era un golfo a la legua. La vida te encadena largo tiempo a los fantasmas, te abandona antes de que tú le gires la cara: no puedes escupirla. ¿Apiñar la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo? Su alma estaba repleta de cochinos recuerdos. Jeremiadas para viejos. Aún así, mejor amarla, a la pena, si nadie la compraba en trueque, cuidarla para que no enmohezca. El dolor en el sótano, el placer en la pasarela: todos desesperados por divertirse. Los tipejos sensibles son incapaces de gozar, “sólo los tímidos dejan pasar el amor”. ¡Ya!, y únicamente se ama aquello conocido. Cerró el libro; lucía como alguien que estaba a punto de equivocarse. Había revivido el miedo a enloquecer. Entonces intentaba escribir un libelo contra la conciencia del tiempo, pero escribir ya era una contradicción, un instinto de supervivencia. Era tarea de gente sana. Él lo hacía con desdén y a trompicones, lo hacía porque le habían dicho que se cree menos una vez escrito. No le funcionaba: no lo traspasaba al papel su asunto. No cesaba de repetirse que él también era un farsante por sobrevivir a sus problemas, con sus plañidos ahogados. Héroes las veinticuatro horas. Eran las letras heredadas de cualquier joven en conflicto, uno del montón. Nadie muere de pena, resiste con ella. Todos los negacionistas aman la vida y la envenenan: almas a las que el presente tortura, el pasado repugna y el futuro asusta. Vivir en el pasado había sido su futuro. La mayoría de la gente no muere hasta el último instante, otros lo hacen treinta años antes, amordazan su descaro. Nos repetimos, no tenemos nada que decirnos. Desde la edad impresionable a la época de hornear pasteles. Cuando escasea la imaginación morir es moco de pavo. Sin riesgos los motivos vienen por su cuenta, sin que nadie los llame. Ese noveno piso le valía. Era la mejor oferta. Decían, ellos, los que entienden, que es más difícil renunciar al amor que a la vida, que la costumbre crece más rápido que el valor. Y volvía para cerciorarse que estaba vacío/a y aprender algo que olvidar, aquello que le había matado. Si ella gritaba rana, él no saltaba: la razón es el miedo, siempre. No se hable más. Ni olvidar ni perdonar. En la radio sonaba Modern Love, de David Bowie. But things don't really change / I'm standing in the wind / But I never wave bye-bye. Pensó en el rostro de Denis Lavant. También él buscó la sangre en su tórax. Todas las historias narran una desintegración, le deben algo a alguien, intentan borrar sus huellas. Al personaje de su libro le revienta dentro, todo el amor en reserva. Ella se había desecho de su amor propio por el amor de otro. Ahora estaba lo bastante lejos para no alcanzarla y lo bastante cerca para repudiarla. Para ti la inmediatez, para mí la eternidad, para ti las sábanas y para mí la poesía inmunda. Uno debía aparentar ocupación, alimentar sus ojos, sino el aburrimiento te engulle, se penetra a las vísceras del tiempo. Un largo coito, huir de la vida. Moverse es vivir, allí donde la esperanza es casi visible. Con los bolsillos llenos se sucumbe antes. Justificaba su cobardía a través de la náusea y la violencia que se infringía, al igual que el optimismo valida el reparto de la felicidad. Todo se lo prohibía, no le hacía falta demasiado para frustrarse. Su corazón se enorgullecía de su fatalidad, ¡había guardado tanta belleza sin tasar! Eso sí, artistas, groupies o workalcoholics. En la calle se pensaba menos en uno mismo, al lado de aquel faro, si bien apenas abandonaba su retiro. Le divertía espiarse como a un extraño, sin reconsiderarse, aunque era difícil interesarse demasiado. Ya era tarde, el final de la noche. El ayer, hoy y el mañana en la misma habitación. El rechazo no conlleva amor, es un buen pretexto. 03:44 a.m. El despertar nunca le gustó. No había hecho nada malo, era bello. Qué me pase algo, pensó. De momento trataría de llegar al final del maldito día antes que la melancolía lo dominase todo.



-------------------------------------


¡Qué viejo había sido ya de joven! ¡Cómo la conciencia de no tener un hogar en ningún sitio había logrado paralizarlo y asfixiarlo interiormente! ¡Qué hermoso era pertenecer a alguien en el odio o en la impaciencia, en el amor o en la melancolía! Un triste entusiasmo se apoderaba de Joseph siempre que desde alguna ventana abierta sentía que el mágico calor de un hogar se reflejaba en él, el solitario, el errante, el apátrida, de pie en medio de la calle fría.

El ayudante. Robert Walser


Pedí tan poco a la vida y ese mismo
poco la vida me lo negó (...) No pesarme
mucho el saber que existo, y no exigir nada
de los otros ni el
los nada de mí. El mundo
es de quien no siente (...) Quien simpatiza,
se detiene (...) ¿Qué sería del mundo
si fuéramos humanos? Si el hombre
sintiera de verdad, no habría civilización.


El libro del desasosiego. Fernando Pessoa

3 comentarios:

hiperboreana Ingrid dijo...

el amor siempre es la razón, aunque él carezca de razones.Y lo que él genera o de-genera.Precioso texto, apuntes desde el subsuelo.

Olvido dijo...

triste, enfadado, dolido, más enfadado, melancólico. él se debate y yo leo. siento y luego me pregunto y me acerco a él y en ocasiones mi cara se entristece también. Trago saliva. me vuelvo a preguntar, leo de nuevo, escucho, veo al joven Lavan corriendo, retorciéndose y luego sus arrugas en la frente cuando ha pasado el tiempo.
Sí querido amigo, querer es un verbo, pero amar, qué es amar? todo esto.
Gracias Tomás

-basta, no me haga llorar más- dijo Nastenka, secándose una lágrima que resbalaba por su mejilla.(Noche segunda)

Renaixença dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=u0rqhdx1154&feature=related