18.10.10

FOLLIES... And Death Shall Have No Dominion


FOLLIES... 
And Death Shall Have No Dominion 

So Long for Now 







«Viajo para conocer mi geografía», escribió un loco,
a principios de siglo, en los muros de un manicomio francés.

Suicidios ejemplares. Enrique Vila-Matas.



Id, pues, vagabundos, sin tregua,
errad, funestos y malditos
a lo largo de los abismos y las playas
bajo el ojo cerrado de los paraísos
(...)
Y nosotros que la derrota nos ha hecho, ay, sobrevivir,
los pies magullados, los ojos turbios, la cabeza pesada,
sangrantes, flojos, deshonrados, cansados,
vamos, penosamente ahogando un lamento sordo.

Paul Verlaine


“Un loco no es sino las ideas corrientes de un hombre pero bien encerradas en una cabeza. El mundo no pasa a través de su cabeza y se acabó”, le escribió Louis-Ferdinand Céline a Ferdinand Bardamu, su álter ego, después de sus primeros días de brega en un manicomio donde había encontrado refugio y en el que bordeaba las cimas de la locura, una institución total antes que Erving Goffman las pormenorizase. El director lamentaba los nuevos aires de la psiquiatría: se imponía la necesidad de delirar con el pretexto de curar mejor. “Ninguno de nosotros intentaba entonces estar tan loco como el cliente. A fuerza de ser más astutos, más mórbidos, más perversos que los perseguidos más trastornados de nuestros manicomios, de revolcarnos con una especie de nuevo orgullo fangoso en todas las insanias que nos presentan, ¿adónde vamos? A este ritmo, ¿qué nos va a quedar del sentido común? ¡Nada! ¡Es de prever! ¡Absolutamente nada! Puedo predecírselo…Es evidente. Hacernos publicidad con nuestra demencia”, auguraba Baryton. Le angustiaba la mascarada de la curación, las promesas electrificadas, los anuncios engañabobos y la adquisición de remozados y costosos instrumentos de tortura con los que la competencia le ganaba terreno. Entonces, y a diferencia del remoto hospital de Bethlehem, ya no se cobraba entrada a los curiosos dominicales que querían observar a los perturbados, los que sobrevivían al aislamiento y la oscuridad, a los eméticos, los purgantes y las torturas. Con el pago de un penique los ciudadanos de a pie podían fustigarlos con varas, aplacar sus frustraciones. Antes de las leproserías muchos, acusados de estar poseídos, eran quemados en la hoguera. Baryton, en cambio, los sacaba a pasear al campo, todo un síntoma de progreso, mientras ellos brincaban con alguna enfermera. Él conocía de sobras la modernidad: su estudio sobre los efectos del cine, en niños alelados que colmaban sus ojos de imágenes, lo atestiguaba. El eco de la seducción del lenguaje sería la próxima parada: de manicomio a hospital psiquiátrico, trabajo multidisciplinar; de loco a irreflexivo; de asilo a residencia; de cárcel a centro penitenciario; de psiquiatra a coach; de macarra a hiperactivo; de viejos a personas de la tercera edad; de lisiados a minusválidos, personas con discapacidad; de partitocracia a democracia; de capitulación a transición; de fracaso a oportunidad; de la traición a la confusión. Con razón se marchó bien lejos, ya no sabía donde pisaba. El vocabulario se volvía aséptico para tutelar y dulcificar la misma cruda realidad. Eran forzosos infinidad de trucos para decidirse, excitarse o dejarse internar, aquellos que ya se cachondeaban del porvenir. Algunos escribían microgramas a lápiz, véase Robert Walser, que pasó los últimos veintiocho años de su vida resguardado en dos manicomios. “Quería ser olvidado”, apuntó Carl Seelig. Los demás se habían abandonado a sí mismos, una vez cundido el desaliento de sus plúmbeos pasos que los alejaban de los afluentes de una existencia cualquiera. Cuanto más marchan, tanto más se alejan. Se habían precipitado en la ofuscación de la Nouveau Roman por inmovilizar el tiempo y demorarse más de lo necesario en lo fútil: ni rastro de autoría, narrativa o realidad. Nada de eso iba con ellos. Las ciudades exigían héroes y repudiaban a los muchos locos que suman un paladín. Nadie hacía caso a Baudelaire: "El verdadero héroe es aquel que se divierte sólo". El pueblo, carne de cañón, reclamaba impertérrito su lugar en el matadero. Son los locos más tercos los que consiguen cambiar de lugar las cosas, los que disfrutan de los placeres que sólo los dementes han hallado y pueden saborear. Chalados que persisten en su vesania hasta volverse sabios y nada más. Por contra, otros que intentaron traer la luz acabaron colgados de un farol. “Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre”, afirmó el poeta William Blake. Antes que la carga lunática fuese traspasada a las familias, y cuando la reclusión a cerrojo no provocaba ningún indicio de sonrojo, los manicomios estaban fuera de las ciudades, en alguna distante colina con el despeñadero como única salida, o bien un descuido de los enfermeros, el que aprovechó Jorge Cuesta. “No podía sentir”, se afligía.

“¿Puedo preguntar por qué necesito esta ayuda que ustedes me están obligando a aceptar? Obviamente hablo bien, pienso bien, estoy bien y ustedes me están arruinando”, lamenta Vladimir, un interno aparentemente cuerdo. En prisión voceaba que el café estaba envenenado y ahora quiere volver allí, con sus silencios, a la espera de ser puesto en libertad. Enmarañado en remedos de la maldad como la negligencia y la torpeza de los matasanos que lo atiborran de pastillas (“medicina para la mente”), asfixiado en su destierro de la razón y oprimido por los alaridos que danzan en los pasillos a todas horas (“me dejan con cientos de ellos, que lo único que hacen es chillar”), sus fuerzas se van agotando y cada vez está más cerca de que el vacío nietzscheano le devuelva la mirada. Las fórmulas curativas de la institución, como le sucede a Olivia de Havilland en The Snake Pit (1948), contribuyen a agravar sus problemas y convertirlo en esclavo. O peor todavía, a Peter Breck en Shock Corridor del combativo Samuel Fuller. “Si te mandara a prisión volverías aquí mañana o tal vez esta noche. Te lo juro por Dios. Porque te verán y sabrán que hay algo mal. Si no lo crees, te dejo escupir mi cara, sabes”, razona la autoridad. “¿Por qué querría hacer algo así?”, se sorprende el presunto esquizofrénico. “Porque si digo algo que no es cierto o injustificable, debo ser castigado”, replica el mojigato del facultativo con retintín. Nada crece a la sombra del poder. El examen médico fue irrefutable. “Una prueba en la que me preguntó cuantas veces voy al baño, si creo en Dios... es decir, ¡que cosa más ridícula! Podría nunca ir al baño, o podría ir al baño, o podría creer en Dios o podría no hacerlo, no es asunto de un médico. ¿Amas a tu madre? ¿Amas a tu padre?”, evoca Vladimir. “¡Cómo relacionas a Dios con el baño!”, se indigna el meapilas del doctor tras sus gafas de sol. Si le hablas a Dios, es oración. Si Dios te habla, es esquizofrenia. Y si te sirves de Dios eres un hombre cabal con un visado para joder sin desazón. El psiquiatra, que custodia al enfermo en su papel de paria, no se replantea la autoridad de la que bebe: se mofa sin desvelarse en aparentar cierto rigor, pues está arropado por la comunidad biempensante, la que redacta los manuales y legisla a conveniencia. Las ideas, de los que reinan. Más tarde, Vladimir, reunido con todos los especialistas, entre los que se ha ausentado esta vez el maléfico Dr. Benway, les acusa: “La medicación que me dieron me sienta mal, me hace daño. De hecho, específicamente me dañó el tórax. Si me dejan aquí significa que quieren que resulte dañado. ¡Me hacen daño! ¡Lo digo yo, que me hacen daño!”. El consejo de sabios le da las gracias, le despiden y concluyen: “Se le veía mucho más catatónico y deprimido antes, y a veces ocurre que con antidepresivos se quita la depresión y se descubre la paranoia, y tal vez deberemos darle cantidades más grandes de tranquilizantes para calmar esto. No parece muy preparado para regresar a la prisión. Es una pauta perfecta de paranoia: si admites su premisa básica, el resto es lógico... pero la premisa básica no es cierta. En realidad está aterrorizado por salir. Y cuanto más alto grita sobre regresar ahí, más asustado indica que está. Es conocido como  el síndrome de Ganzer”. Diagnóstico del monólogo del poder: reacción esquizofrénica, tipo crónico indiferenciado con prominentes rasgos paranoides. El suicidio en general es difícil cuando no se está loco del todo y ya te has matado infinidad de veces. En La moindre des choses (1996) un paciente le da un consejo al director Nicolas Philibert: “No le hable nunca de su salud a un médico porque podría esclavizarle”. A Vladimir, como a Prometeo, lo habían encadenado a una titánica roca, que no era la vida ni nada parecido.

Aborrezco la brutalidad —dijo—. No es eficaz. Y además, los malos tratos prolongados, sin llegar a la violencia física, causan, si se aplican adecuadamente, angustia y un especial sentimiento de culpa. Han de tenerse bien presentes unas cuantas normas o, mejor, ideas directrices. El sujeto no debe darse cuenta de que los malos tratos son un ataque deliberado contra su identidad por parte de un enemigo anti-humano. Debe hacérsele sentir que cualquier trato que reciba lo tiene bien merecido porque hay algo (nunca preciso) horrible en él que le hace culpable. Los adictos al control tienen que cubrir su necesidad desnuda con la decencia de una burocracia arbitraria e intrincada, de manera tal que el sujeto no pueda establecer contacto directo con su enemigo.

Dr. Benway
El Almuerzo Desnudo. William Burroughs.


¿Dentro o fuera de la jaula? ¿A bordo de Stultífera Navis sin manos en el timón? “El equilibrio es un listón estrecho. La depresión es una muñeca rusa y en la séptima muñeca hay un cuchillo, una hoja de afeitar, un veneno, unas aguas profundas y un salto al vacío”, presagió Stig Dagerman. Desdibujada la caprichosa frontera entre unos y otros, sabiendo cuán poco hace falta para cambiar de bando (una caricia o un contrato basura), para que todos se conjuren contra uno y que una mayoría a resguardo de rienda suelta a su odio; cuán móviles son los criterios de la locura, sus pretextos, el origen de la pulsión negativa; cuán fácil es ser detenido una mañana sin haber hecho “nada malo”, como Josef K, o ser un inocente declarado culpable en un periódico y forzado a defenderse, leitmotiv hitchcockiano; no sabiendo nunca con seguridad en que territorio te encuentras, sabiendo eso o ignorándolo, Frederick Wiseman se adentró en el Bridgewater State Hospital, en Massachusetts, para rodar Titicut Follies (1967). Fue prohibido durante 25 años. El motivo: mostraba el trato inhumano de la institución (psiquiatras, guardias y asistentes sociales) con sus pacientes. El pretexto: violaba el derecho a la intimidad de los pacientes que a su vez limita el derecho a la información. Fue la primera vez en la historia de la industria cinematográfica estadounidense en que un film era censurado por otros motivos a los consabidos: obscenidad, inmoralidad y la seguridad nacional. ¿Tienen derecho a la intimidad aún cuando han sido despojados de la misma y son humillados? El mismo derecho a la intimidad (a silenciar) que defendían los nazis en Auschwitz. Wiseman apresa la pornografía de la locura y revela el verdadero carácter del hombre (qué desgarro para el que escribe incluir la muletilla de quita y pon de la condición humana, pero yo no tengo la culpa de su uso indiscriminado y gratuito), aquel que aflora a la superficie cuando se le unta de poder y se le rodea de criaturas aplastadas y condenadas socialmente. Es la imposibilidad de un trato humano y benigno allí donde despuntan las diferencias, los vestigios de la locura. 





Es un provocador nato, le acusaron. Los idos danzan sin pareja por el salón del centro al ritmo del vals de la demencia, sin la máscara de la muerte roja. "I’m trying to make a movie. A movie has to have dramatic sequence and structure. I don’t have a very precise definition about what constitutes drama but I’m gambling that I’m going to get dramatic episodes. Otherwise, it becomes Andy Warhol’s movie on the Empire State Building. So, yes, I am looking for drama, though I’m not necessarily looking for people beating each other up, shooting each other. There’s a lot of drama in ordinary experiences”, declara el director de culto a Gerald Peary. Una obra tan transparente asusta, no es el trampolín de una escena de cama. Los 24 fotogramas de verdad de Godard son insuficientes e irrisorios. Sólo nos provocan de verdad cuando nos niegan el olvido, el resto es jolgorio y chascarrillos para tener algo que decir. Lo escatológico es el anzuelo de la contraportada, los vejestorios pensionistas de la Ronda Sant Antoni y el egocentrismo de las agendas. Ahí están unos hijos que expulsan a su madre de casa y la recluyen en una residencia. Un derecho universal, como el de la vivienda, convertido en sed de entierros, en una abúlica espera antes que tus hijos te diagnostiquen un trastorno, el del ocaso de su fiesta, de su vida. No cesan de repetirse que estará mejor atendida, de tragarse con gusto que esa mujer con bata blanca sabe hacer algo más que apagar la luz, que la doctora se ha leído el informe de su madre, que la postura encorvada -ya jamás volverá a ponerse recta ni le queda columna vertebral- es consecuencia de un escurrimiento fortuito. Las misteriosas llagas, la persiana bajada a las cinco de la tarde en ese ataúd que llaman habitación y el nerviosismo que reflejan los rostros azorados de las cuidadoras cuando recibe visitas. Y la puta indiferencia (circunloquio de una brutal insensibilidad) y asco que llaman "atención", la puta indiferencia y asco que sienten por una sádica sociedad que les ha encomendado hacer papillas y vigilar las incontinencias ajenas. Te visitaremos cada día, le dijeron, y los días fueron semanas, meses y finalmente el día de Navidad. Ella ya no se asoma entre los balbuceos que se intercambian. No se puede hacer nada, es un vegetal y nosotros no, ¿qué sois? Es pura provocación, sí... ¿Alborota Richard Avedon cuando se da un chapuzón y toma instantáneas en una institución mental en 1963 y al rato su don de la ubicuidad le remolca con sus modelos de Harper's Bazaar? No se pude hacer nada. Una sociedad civilizada, es decir, que ha perfeccionado la barbarie y expresa su deseo de dormir a pata ancha. Todo tiene una explicación, en la ciencia, en los golpes que a uno le dieron sin saber por qué. Le debemos tanto en salud a Josef Mengele y sus avances criminales. ¿Para qué sirve un enfermo sino para que alguien se sienta cuerdo? ¿En qué se convierten esos carceleros de Titicut Follies cuando cruzan la salida y vuelven a sus hogares, sus bares y sus lupanares? El sueño de la razón produce monstruos, reza el lema goyesco. No hay sufrimiento innecesario para la institución. El Dr. James Gilligan, que fue contratado por Martin Scorsese como asesor para el rodaje de Shutter Island, fue el director de Bridgewater a finales de los años setenta cuando recibió el encargo de hacer limpieza. “Las celdas parecían mazmorras medievales. Los pacientes estaban encadenados a las paredes, rodeados de excrementos. Los animales del zoo vivían en mejores condiciones. En Bridgewater fui testigo de muchos de los cambios, experimentos y conflictos que aparecen en la película”, aseguró Gilligan.

Wiseman fue el primer sorprendido de las libertades concedidas con el permiso, del nulo rubor de los guardianes de la demencia: “It amazed me that they let me in to shoot there in the first place”. Los mandamases de la institución le dieron alas con un afán recaudatorio que acarreaba una denuncia, o bien al revés, quién sabe. “They knew that Bridgewater was like that, in part because of the absence of money to attract and train competent guards, psychiatrists, and social workers. That was one of the points”, explicó Wiseman en una entrevista a Viceland. La sensibilidad en Bridgewater entonces era más penitenciaria que sanitaria a pesar de que sólo el 15% de los reclusos eran convictos. Detrás de sus muros convivían dementes, borrachos, drogadictos, delincuentes con algún retraso y violadores, junto con un personal mal pagado, sin cualificación y avasallado de trabajo. Sin embargo, cuando Wiseman concluyó el documental los gerifaltes habían ascendido. Uno de ellos era fiscal general del estado de Massachusetts y la crudeza de las imágenes un freno a la acumulación de poderes. Elliot Richardson, que había dado el visto bueno al rodaje y lamentado la falta de medios económicos cuando se encargaba de supervisar instituciones (centros psiquiátricos, prisiones, etc), fue la persona elegida por el gobernador republicano John Volpe en las apretadas elecciones de 1964 para ser, si resultaba reelegido, su asistente como gobernador y responsable de las áreas de salud, educación y prestaciones sociales. Un trabajador de Minnesota, que ni siquiera había visto el documental, tan sólo leído una crítica, mandó una misiva a Volpe indignado: “How could you allow a movie to be made that shows naked men?”. Las cruzadas de la moral siempre han reflejado el miedo a la diferencia y los complejos, esa incapacidad de aceptación de uno mismo. Daba lo mismo un pezón que la vejación al descubierto. "Volpe, not having heard of the movie before this letter, felt that his political career was going to be jeopardized by the movie”, afirmó Wiseman. Titicut Follies se empantanó entonces y los juicios se sucedieron años y años con alguna pírrica victoria: el brazo ejecutor de la ley decidió que el filme tenía cierto interés y que podía ser visto, pero sólo por doctores, abogados, jueces, trabajadores sociales y estudiantes. Una audiencia limitada y especializada que excluía al público y sumía la denuncia en la clandestinidad de una era sin Internet. El juez había descrito el documental como “a nightmare of ghoulish obscenities” y llegó a ordenar su destrucción. A posteriori, y ya absuelta de los cargos, el cerco se abrió un poco: la televisión pública, las escuelas y algún festival independiente.

 
Más allá del candor de la omisión de firmas, la postura de Wiseman es irreprochable: “My position was that Bridgewater was a public institution, supported by taxpayer's money. Public institutions in a democracy are meant to be transparent, open to public inspection. One aspect of public inspection is documentary filmmaking. In the year the film was made, there were also 10,000 visitors to Bridgewater who as part of their tour saw some of the same men naked in their cells. In a democracy the government is not supposed to hide information from the citizens except in cases involving national security. How can citizens do anything about the State abusing its power if the citizens are not allowed to know what is going on and make an effort, if they so wish, to change the conditions? The various scandals at Abu Gharib are a current example of the public’s need to know and receive information from photographs. If the State is responsible for keeping men in the conditions shown at Bridgewater, the citizenry have to have the right to hold the State accountable. This can only happen if the public is informed”. Cuando la televisión pública estadounidense (PBS) emitió el filme en 1992, Titicut Follies mostraba atrocidades del pasado, y el pasado, bien lo sabían los jueces, no le espolea a nadie a levantarse e ir a pisar cabezas: el pasado es un barco anclado. Era una denuncia que se había traspapelado y cuando, tiempo después, la encontraron en el fondo del archivo ya había sobreseído en su capacidad de transformación, no de subversión. Quizás no cumplió su misión con la contundencia que el horror exigía - la abortaron-, pero sería un error cerrar el caso porque el documental no habla de instituciones que se puedan acotar en un mapa y un tiempo, ni de personas con nombres y apellidos. ¿Por qué era más sencillo ir a Rusia y rodar, como Albert Maysles, el breve y ridículo documental Psychiatry in Russia (1955)? Este último, que afortunadamente ha pasado al olvido, fue emitido en 1956 en el programa de Dave Garroway en la NBC. A nadie le importó que no tuviera los permisos de cada paciente.

Los pocos a quienes les es dado gustar estos placeres experimentan algo muy parecido a la locura; dicen cosas poco coherentes y diversas de la costumbre humana; hablan sin sentido y cambian súbitamente de cara; tan pronto están alegres como tristes; lloran, ríen o sollozan; y, en fin, están verdaderamente fuera de sí mismos. Luego, cuando recobran el conocimiento, no saben si estuvieron dentro del cuerpo o no, ni si están dormidos o despiertos; ni recuerdan más que como a través de un sueño lo que han oído, visto, dicho y hecho; de lo único que están seguros es de que han sido profundamente dichosos durante su éxtasis, por lo cual lamentan el haber recobrado la razón, tanto que nada desean más que gozar sin interrupción de su especial locura. Tal es una ligera degustacioncilla de la futura felicidad.

Elogio de la locura. Erasmo de Rotterdam.

“Adelante con el espectáculo, con el jippy-joppy-jo”. El concurso de talentos con fines caritativos, organizado por los propios internos y que da nombre al filme, abre y cierra el mismo, con unos diabólicos y asfixiantes primeros planos heredados de los monstruos de la Universal. Un espectáculo grotesco, réplica mordaz del escapismo de Ziegfeld Follies, en el que todos se divierten excitados antes de volver a sus celdas entonando So Long for Now. “Los corazones parecen alegres y la vida brillante… He perdido la luz del sol y las rosas cuando te perdí a ti, mi amiguita. Rompiste mi corazón también…”, canta un perturbado, que de joven pudo ser tan bello como Chet Baker. En realidad, la penúltima secuencia, en la que un hombre abandona Bridgewater envuelto en una sábana dentro un ataúd, es la única salida posible, una cuchillada del director repleta de intenciones muy palmarias. Cuando un alienado pregunta dónde puede trabajar, los cancerberos ríen. El show que filma Wiseman es más visceral, negro y menos burgués que los ensayos de Opereta de Witold Gombrowicz, con sus absurdos diálogos recitados por mentes igual de descabelladas, que filma Nicolas Philibert en La moindre des choses (1996) donde el director francés visita el psiquiátrico de La Borde. Philibert busca el titular, la frase campanuda, mientras que todo eso y más acude a Wiseman sin interrogatorios. “168 pounds and now down to 96, and all those known biddlegah. All interest, Japanese, Japanese, we know the truth, biddlegah, twenty billion dollars, I point out to you I am Christ Jesus and I am called Borgia. Kennedy who is now biddlegah in truth Christ Jesus. I say in Mississippi niggers over to this fuckin part of the country. You no good John F. Kennedy. I say you stink”, declama un orador catatónico a unos fieles abotargados en Bridgewater. Vietnam, el comunismo, la guerra nuclear, la misma perorata que se alza en el Congreso con alguna chispa meritoria de lucidez. Ya se dice que sólo niños y locos dejan escapar las verdades. En un patio que reclama su lugar en la cámara de los horrores, en la vanguardia del surrealismo y más allá de sus límites, los alienados vagan a su aire como fantasmas, incapaces de reincorporarse a la realidad, en su anónima irrealidad. Suena My Blue Heaven al trombón en el Edén de la locura. Un joven pedófilo llega al centro escoltado y admite haber abusado de una niña de once años, y también de su propia hija. Un doctor lo humilla y se regodea sádicamente con él. “Why do you do this when you have a good wife? She must not have been giving you much sex satisfaction”, le espeta entre tics. “¿Cuántas veces te masturbas por día o por semana? ¿Has pensado en estar con una mujer madura grande, alta y suculenta? ¿Prefieres los pechos grandes o pequeños? ¿Has tenido experiencias homosexuales? ¿Intentaste masturbar a otros chicos? ¿Nunca te has sentido culpable cuando te masturbas?”, la cámara de Wiseman no mitiga su morbosidad. Y es más, el matasanos le lanza fugaces ojeadas. “Necesito ayuda, pero no sé donde puedo conseguirla”, admite el violador. “Puedes conseguirla aquí, supongo”, le contesta el doctor, seguramente apenado del declive de la lobotomía y el ascenso de la psicofarmacología. De vuelta al descampado, en el particular Speaker’s Corner de la penitenciaria, se ha formado un círculo, y dentro un hombre con gorra lanza aullidos, que se escapan de la sombra de Ginsberg, a rostros en suspenso que parecen haber abandonado ya toda comprensión del lenguaje: “Estados Unidos es la parte femenina del mundo de la tierra, y esta loca de sexo. Su sexualidad trae guerras, como la esperma que el hombre inyecta en la mujer, y la mujer en su propio cuerpo. Tiene el mismo efecto, la misma influencia, solamente en una pauta enorme. La pauta enorme es vil. ¿Quieres decir que después de haber tenido una relación sexual te sientes saludable? No es así”. Escribió Émile Cioran en una de sus noches insomnes que la “vida es un subterfugio de la locura y el que cae en sus redes marcha por un camino abierto por su propia sangre".

Desnudez por siempre joven, te saludamos
Te saludamos, desnudez por siempre joven
Te saludamos, desnudez por siempre joven
Desnudez por siempre joven, te saludamos.

Opereta. Witold Gombrowicz.

“I’m interested in normal behavior, what passes for normal behavior. I’m interested in how the institutions reflect the larger cultural hues, so that, in a sense, it’s like tracking the abominable snowman; in the sense that you’re looking for cultural spoors wherever you go. You find traces of them in the institutions. Titicut Follies is a reflection of some of the values in society. It is. It has to be. The prision itself becomes a metaphor for some important aspects of American life”, confiesa Wiseman. Un hombre desnudo de avanzada edad es humillado por sus cuidadores que lo joroban por aburrimiento. Le repiten una y otra vez las preguntas, simulan no escucharle mientras él permanece despojado de todo, rehén de una guerra perdida hace siglos que no figura en libro alguno. Nada hay profundamente arraigado en él que no pueda ser arrancado fácilmente, sobre todo la dignidad. Devuelto a su celda, nada más que paredes, el hombre deambula de una esquina a otra como un ratón mientras con una mano se tapa la boca y patalea el suelo. Los guardias le siguen calentando la cabeza. “Mantén el cuarto limpio, Jim”, repiten sin cesar. “¿Tocas el piano Jim? ¿Qué dijiste Jim?”, añaden. Jim recuerda el número de su calle, su instituto, todos recuerdan siempre eso. Dice que era profesor de matemáticas y aritmética. La vida es ahora un enigma sin solución para él. “I wanted to show the way he was treated because this was no way to treat a human being, obviously, no matter what crime he committed. Also, I didn’t understand why some inmates had to be kept naked. The announced rationale was that they were suicidal. But they could have been given paper suits. In fact, for six months after the film came out, they were given paper suits—until the budget for it ran out. The real reason for the nudity was just that it was easier to keep them that way. Some of the men were incontinent, and the guards didn’t like the idea of having to strip smelly clothes off them”, dice indignado Wiseman, cartógrafo de las instituciones públicas norteamericanas y lugares de transición: institutos, hospitales, las fuerzas áreas, un puerto de Nueva Inglaterra, un pelotón de entrenamiento del ejercito de infantería de Fort Knox, un zoo, sesiones parlamentarias en Iowa, los estertores del estado del bienestar yankee, una unidad de cuidados intensivos, una tienda, un hipódromo, viviendas de protección oficial, la industria cárnica, un tribunal de menores, una agencia de modelos, un monasterio benedictino, una escuela de sordomudos, la estación de invierno de Aspen o Central Park. Una exhaustiva y aguzada geografía institucional (institutio, en latín educación) sobre la dialéctica del poder, el adoctrinamiento y los mecanismos para el orden social. Un rasgo en común de esos microcosmos es la ausencia de réplicas y la disciplina.





Franco Basaglia, el antipsiquiatra italiano, recalcaba: “Al manicomio va la gente que no tiene voz, la palabra; es decir, los pobres, los desheredados”. En esa dimensión social entra Matti da slegare (1975) rodado en un manicomio de Colorno. Los directores del documental ideológico, Silvano Agosti, Marco Bellocchio, Sandro Petraglia y Stefano Rulli, le asignan a la locura un origen social, de clase; el psiquiatra apuntan, formalmente un hombre de ciencia, es en esencia un guardián del orden como el policía o el carcelero; “la atención sanitaria” es otra herramienta de represión y segregación; la irracionalidad del manicomio también está presente en la sociedad; resaltan los nexos económicos con las farmacéuticas y el gran negocio de la depresión. El cuarteto lee con gusto a Michel Foucault (Locura y civilización): “La locura no se puede encontrar en estado salvaje. La locura no existe sino en una sociedad, ella no existe por fuera de las formas de la sensibilidad que la aíslan y de las formas de repulsión que la excluyen o la capturan”. La locura en nuestros días ha alcanzado la cúspide de otro orden social, el de la posturitas y la bravata, la estigmatización del que se acuerda de todo, el que reclama Diesel en su campaña Be Stupid: “If we didn't have stupid thoughts we'd have no interesting thoughts at all”. O haces enloquecer a alguien o acabas tu con la cabeza como una jaula de grillos. Al caso se interrogaba Erasmo de Rotterdam: “¿Cómo preferís que se llame a esto, estulticia o locura? Poco importa, con tal que se reconozca que gracias a mis beneficios el animal más infeliz de todos goza de tal dicha, que no trocaría su suerte por la de los reyes de Persia”. Los categóricos postulados de Basaglia están muy presentes en la aseada y poco temeraria Matti da slegare: “Si [el psiquiatra] acepta establecer con el enfermo una relación paternalista, como la proyectada por la nueva política hospitalaria, acepta ‘dedicarse a él’ exactamente como el misionero, que amansa al salvaje de modo que el colonizador pueda dominarlo mejor. Si, entonces, al ignorar los aspectos sociopolíticos del problema, limita su acción al solo aspecto sanitario, se convierte en el técnico que pone a disposición su ciencia para adaptar mejor el oprimido al opresor”. Los grillados que le hablan a la cámara han sido cuidadosamente seleccionados y apuntalan la reinserción como algo más que una quimera, aunque, eso sí, con un ensayo poco representativo. “Todos somos inocentes aquí. ¿No lo sabías?”, que diría Andy Dufresne.


En Bridgewater State Hospital no hay espacio para el cariño entre hombres especializados en aullar. Es un filme sin contactos. Ni camas, sólo colchones en el suelo. Algunos enfermos semidesnudos entran a pasitos y de espaldas en sus mazmorras, abrazados a sí mismos y con la sonrisa tierna de quién se sabe indefenso y niño. No tienen ninguna posibilidad de expresar nada, ni de ser arropados por mentira alguna. Es lastimoso, duele e irrita. Durante la función los majaretas no miran a la cámara para sentirse normales, parte de esa representación que les imponen. Un exceso de atención y sensibilidad, como el que le brinda Judy Garland a Reuben en A Child is Waiting (1963) de John Cassavetes, es perjudicial. Cuando Garland se enfrena a Burt Lancaster, el recio director del colegio de niños con deficiencias mentales, la conversa sobre Reuben, un joven abandonado por sus padres y que roza la normalidad, avanza así:

- ¿Cuántas veces podrá mandarle a su cuarto? ¿Y enviarle a la cama sin recreo?
- Hasta que sirva de algo. Las reglas son sencillas y deben...
- Él no entiende...
- Hay que hacérselo entender.
- ¿Por qué? -Porque la disciplina es parte de la vida.
- ¿Incluso para estos niños?
- Especialmente para estos niños. Reuben ha perdido parte de su libertad y puede que para siempre. La única compensación que tiene es aprender las reglas y a vivir con los demás como parte del grupo.
- ¿Aunque no quiera ser parte del grupo? ¿Incluso no siendo feliz aquí?
- Sí, incluso así.

A Child is Waiting (1963). John Cassavetes


Y si no quiere comer, como en Titicut Follies, se le alimenta por un tubo interminable sin miramientos. Wiseman fue acusado de voyeur, entre muchas otras cosas, y como tal se comporta. Observa sin intervenir, pero no desde lejos sino con una proximidad insultante e inconcebiblemente desapercibida para casi todos, excepto algún insano que contempla la cámara como si de un jarrón de porcelana se tratase. Poco le falta a Wiseman para encerrarse en una celda con alguno. Su presencia siempre directa no acarrea desconfianzas, es su mayor logro. Danza con ellos en el comedor y esquiva los golpes. Se recrea en los claroscuros, en el seguimiento cámara en mano y en los primeros planos. En sus imágenes se mezcla lo poético, lo fantástico, el drama, el surrealismo, el terror… Son auténticos cuadros poético-místicos del desasosiego, metáforas del alma humana. Wiseman en alguna ocasión ha etiquetado su trabajo de “reality dream”. No hay preguntas y todas las pistas son fortuitas. Los delitos no importan, el pasado tampoco, ni la raíz de la enajenación, si la hay. Sin voluntad interpretativa, aunque de forma inquisitiva, las secuencias inician el descenso a galerías abandonadas y desconocidas. Cuando Wiseman aborda el proyecto lo hace despojado de metas, con la experiencia y la exposición de la película como punto de partida: velas izadas, ninguna brújula y a merced de las corrientes. Mientras duró el rodaje asegura que se internó quince horas diarias en el sórdido escenario. “I consider the shooting of the film the research and discover the themes in the editing. I will not know the themes or point of view of the film until I am six to eight months into the editing, that I end up using only three percent of the material and that all the sequences I use are much shorter than their original length”, cuenta. Tan sólo ocasionalmente realiza anotaciones durante el rodaje (“podría ser el inicio” o “podría enlazar con la secuencia de tal sitio”), sin haberse documentado previamente, y una vez ha montado instintivamente las secuencias las va uniendo “para ver lo que aparece”, sin voz en off ni música extradiegética. Su proceso creativo es puro gonzo, aunque no su puesta en escena.

Si bien toda narración es consustancial al acto de grabar, de respirar, Wiseman rechaza la construcción clásica de un discurso que le desuna de la experiencia. “Me gusta vivir la experiencia de la historia, no imponer un punto de vista político”, asegura. Es una vez vivida, y a través del impulso de la vida y no de una ilusión, que monta su collage con los recuerdos, atento al vigor de los latidos de las secuencias. “It’s like the business of getting rid of the proscenium arch in the theatre, and, by analogy at least, narration is the proscenium arch because it immediately separates you from the experience of what you’re going to see and hear”, cuenta. Alistado por los teóricos en el cinéma vérite o el direct cinema, a Wiseman no le interesa la teoría. “Partially in reaction to the concept of cinema verite, I came up with my own parody-pomposity term called reality fiction. I don’t see how a film can be anything but subjective. Documentaries, like theatre pieces, novels or poems are forms of fiction,” manifestó Wiseman. Su ficción destila una verdad incómoda, rechaza la ensoñación de la realidad, pero tampoco asume responsabilidades con las falacias de la representación objetiva. J.G.Ballard lo advirtió: la ficción ya está aquí y la tarea del escritor es inventar la realidad. La realidad, se entiende, arrebatada y comercializada como mercancía, que se consume como espectáculo cuando uno contempla “su propia destrucción como un goce estético”. Narrar es inventar, sea falso o cierto. Sus obras son reportajes de aprendizaje, de iniciación en la senda de Hesse: "My films are a report on what I’ve learned. Someone else looking at the same events would see things differently. Observational cinema somehow seems to suggest that you just turn the camera on and let things happen in front of you, when in fact all aspects of movies are the result of thousands of choices. The term ‘observational cinema’ excludes the interpretation, selection and dramatic structure inherent in a making a movie. “Fly-on-the-wall” is another degrading phrase that is used. As far as I know a fly is not an intelligent sentient being". El quehacer de Wiseman, que se compara a sí mismo con un escritor, también es bastante análogo a los postulados de Vertov y el Cine-ojo: “Hundiéndose en el interior del aparente caos de la vida, el Cine-ojo intenta encontrar en el interior de la vida misma la respuesta al tema tratado. Encontrar la resultante entre los millones de hechos que presentan una relación con este tema. A montar, a arrancar, gracias a la cámara, aquello que resulte más característico, más útil, organizar los fragmentos filmados, arrancados a la vida, en un orden rítmico visual cargado de sentido, en una fórmula visual cargada de sentido, en un resumen del "yo veo". "I am quite content to have my films called movies", ironiza Wiseman, suplicando que los teóricos le dejen en paz y disfruten de la experiencia o algún cuerpo amigo. 



- Sé que he jugado y he perdido. Pero estoy preparado para lo que sea.
- ¿A qué ha jugado?
- A mí vida.
- ¿Y ha perdido?
- Sí. Quizá sea estúpido. Puede no significar nada para usted, pero para mí lo es todo.

Urgences (1988). Raymond Depardon


“Nunca estás seguro de filmar lo real. Es algo muy difícil. Siempre parece que lo dejas de lado”, dice Raymond Depardon, uno de los fundadores de la agencia Gamma. Documentalista y fotógrafo francés, repitió la experiencia de Wiseman en San Clemente (1982): retrato de un laberíntico manicomio italiano a punto de ser clausurado. En Urgences (1988), Depardon ancla su cámara en el Servicio de Urgencias Psiquiátricas del Hôtel-Dieu, en París. El verdadero protagonista del documental son los descollantes diálogos no escritos que oscilan entre el desgarro y la comedia más disparatada: “Yo mismo, volviendo a ver la escena encuentro algo irrisorio, cómico, sobre nosotros mismos. No sé si alguien podría inventarlos así”. La enfermedad es una fuente de inspiración, sobre todo entre la gente sin ínfulas artísticas. De sabiduría.  En Urgences los personajes entran y salen, pero mentalmente muchos están igual de recluidos en sí mismos que los dementes de Titicut Follies. A ratos los pacientes relativizan, sin ellos ser conscientes, todos los males y a ratos el sufrimiento es tan profundo que es imposible de extirpar. Los hay que están enfermos para poder explicar sus males, que persiguen el consuelo como el cazador a su presa, y otros que sólo se arrastrarán más tiempo si alguien se lo pide, si les ponen la correa. “Algunos van demasiado lejos. Estallan, pierden la razón. Pero ellos no la han perdido. Es gente. Todo eso lo causa la ciudad. La falta de comunicación. La soledad”, declaró Depardon en una entrevista. Al igual que a Wisemam a él también le sorprendió la cantidad de personas que aceptaron ser filmadas sin reparos: “Estaban perdidos, desesperados. Creo que el operador, el cineasta, como le llamemos... no debe hablar, no tiene nada que decir. En su sitio. No sé si es por mis orígenes rurales, por haber sido mucho tiempo fotógrafo. No sé, soy un hijo de lo real”. La distancia es prudencial y estática. En ocasiones, si no fuera por alguna interacción, se podría pensar en una cámara oculta. Su presencia tampoco parece alterar ni dramatizar el orden de las cosas, a pesar de lo embarazoso de las escenas. “Hay que tener cierto pudor, pero al mismo tiempo forzarse a veces. Hay una mezcla de las dos cosas. Quedarte en tu sitio y lanzarte a la vez. Y en un momento dado, lo recuerdo... es duro. ¿Qué trabajo hago? No es muy divertido. Y a la vez nunca he sentido vergüenza porque sentía que había que hacerlo, había que hacerlo. Había que avanzar, rodar, seguir. Seguir”, afirma. En la mejor secuencia del documental una mujer se confía a una enfermera cuando a ésta le suena el walkie-talkie y abandona la habitación, sin decir palabra. Depardon mantiene el plano de la puerta cerrada unos instantes antes de encararse con la paciente. Están solos. Se miran. “¿Podré ver esta película? Sí, claro”. “Quiero hacerlo por los demás. Me gustaría ayudar a la gente. No quiero seguir viviendo sola. Al parecer soy hija de Dios y aún no sé cuál es mi misión”, le revela a la cámara desde su camilla. A pesar de su angustia y de tener que volver con una madre que la destroza no quiere ser ingresada: tiene que darle de comer al gato y asegura que nadie más lo puede hacer. Necesita los huevos. En otra ocasión un médico le dice a otro paciente: “Bueno, ahora me remplazará el psiquiatra de guardia”. Joseph Conrad tenía razón: “Vivimos como soñamos, solos”.

Aunque hay más humanidad - y más conciencia del poder de una cámara-, el vacío es enorme. Sentir más calidez humana, sobre todo a cuentagotas, no equivale a escapar de la soledad, acentúa la desesperación en las noches. Decía Duchamp que "en cuanto empezamos a verter nuestros pensamientos en palabras y frases todo se va al garete", entra -quería decir- en una espiral infinita. Es un servicio empalabrado lo que ofrecen, una jornada laboral que seguro creen mal retribuida, y no todos se engañan con las migajas de la seguridad social. “No siempre somos solidarios con ellos. Nos quedamos en nuestro rincón. Pero es cierto que esta gente sufre. Y no se sabe qué hacer. Y muchos no saben qué hacer con ellos. Ya se han ido. Es la tarea del psiquiatra. Pero se ve que los psiquiatras no tienen tiempo. Y no se interesan. No escuchan, yo escuchaba mejor. Lo único que hay es el silencio. Es la mirada. Cierta solidaridad. No hay que decir ni mostrar nada, no dar nada, hay que mirar, escuchar. No hay que juzgar”, asevera Depardon. Wiseman, aunque amistoso, no vende falsas ilusiones cuando socializa con el reparto de sus películas: “I try not to convey the impression that we’re going to be friends for a long period of time because it’s not going to happen”. En los últimos minutos de Urgences un hombre amenaza con suicidarse desde el tejado. Le han denegado un papel, el permiso de residencia, y quieren deportarle. "Hace unos días provocó un incendio por lo mismo", dicen. Las almas llegan atormentadas y se marchan igual, con un brote de esperanza que no tarda en ahogarse en las calles. Nuestra necesidad de consuelo es insaciable. Al final llegan los créditos y el documental se acaba, la sala se vacía. “El filme es un espectáculo. Queramos o no”, lamenta Depardon. ¿Qué no lo es? Queramos o no.




 



I’m going to the darklands
to talk in rhyme
with my chaotic soul
as sure as life means nothing
and all things end in nothing


Darklands. The Jesus and Mary Chain

Me gustaría perder el juicio con una sola condición: tener la certeza de ser un loco jovial, sin problemas ni obsesiones, jocoso durante todo el día.

En las cimas de la desesperación. Émile Cioran
 

9 comentarios:

hiperboreana Ingrid dijo...

Por cierto, la cita que recupera Vila-Matas inicialmente estaba en el libro de Manuel Réja "L'art chez les fous", que es maravilloso. Lo leí hace tiempo, pero la cita no se me olvidó. Ahora la he recuperado. Gracias.

Alice Liddell dijo...

Es bien cierto que el mundo es un pañuelo... buscando información sobre el documental "Matti da slegare", Mr. Google me ha traído hasta aquí.

Acabo de leer el artículo completo sobre el cine y las instituciones psiquiátricas -tengo varias películas de las que aparecen en el mismo para ver en próximas fechas- y me ha parecido muy ilustrativo, claro que, tus artículos siempre lo son, no hay muchos blogs como éste en la red.

Un placer saludarte de nuevo.

Aigua viva dijo...

"Amor, tu només has d'obrir la mà que tens tot el que vols! Però jo, sóc jo qui es queda sol! No ho entens, amor? Pots tornar amb qui vulguis, amb l'altre, que jo em quedo sol, sol!"

Jin dijo...

tengo que imprimir este post tuyo para leerlo a gusto, Tomás. este tema es fascinante y, como siempre, bordas tus artículos. gracias, maestro!

MBI dijo...

AH!!!!!!!!!!!!!
Te comento antes de acabar de leer es tanto lo que puedo disfrutar....
que me reservo....
y
siguo...
.......
Cuando acabe de estudiar psicología...me enamoré de
Cioran y supe que su lucidez
me impediría muchas
mentiras...aprendidas.

WORKROOMFILMS dijo...

Un post tuyo bastara para sanarme

por añadir filmografía:
http://www.archive.org/details/Symptoms1940

Una de las películas que más me ha gustado de eso que llaman cine español, es la Osa Mayor menos dos.

Goffmann, walser, wiseman, depardon, duchamp, celine, blake, ....

Nunca había oído hablar de Gerald Peary. Me pasaré un par de tardes leyendo entrevistas.

Bronte dijo...

Només puc dir que em fas por.
I això és bo

Patricia dijo...

Brillantísimo blog!! Gran descubrimiento.
Gusto. Refinamiento. Poesía. Enhorabuena y gracias por compartirlo.
Patricia

Patricia dijo...

Por cierto, tu play list es lo mejor de lo mejor!!

Un saludo