19.11.11

Alberto Caraco . Inmolarse en el recuerdo




BREVIARO DEL CAOS




Inmolarse en el recuerdo


 
 


A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie,
en el centro de la fiesta está el vacío.

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

Roberto Juarroz

 
“Nuestras revoluciones son puramente verbales y cambiamos las palabras para darnos la ilusión de estar reformando las cosas, tenemos miedo de todo y de nosotros mismos, encontramos la manera de eliminar la audacia yendo más allá de la audacia y tener ocupada la locura exagerando la locura”.

Alberto Caraco



Albert Caraco (Constantinopla, 1919 – Paris, 1971) es un provocador incendiario con las heridas abiertas que zigzaguea entre la delgada línea que separa la locura de la lucidez más incómoda, la más lacerante, aunque no menos que el actual orden y sus simulacros de revoluciones y conflictos. Una mezcolanza que no priva de sufrimiento a muchos, si bien estos se debaten camino del matadero y de siglos (felizmente) pretéritos entre los dos polos opuestos de la cobardía: el optimismo y la autocompasión. Mientras, la razón sufre desde la distancia de la vida misma, allí donde un fatalismo superlativo e irreversible se instala, y donde los razonamientos acaban cediendo terreno a un lamento seco que a nadie busca ya seducir. Caraco es una voz crepuscular sin la profundidad ni matices, ni la inteligencia ni la ironía, de Emile Cioran (aquella que Octavio Paz creía que “nos ayudaba paradójicamente a vivir”), pero que también acusa al hombre de ser el único responsable de su precaria condición y lo hace desde prismas más peligrosos, desde púlpitos que ignoran la complejidad del mundo y todo lo reducen a una ecuación matemática. En parte también desde el odio mal disimulado que llevaba dentro y que se convirtió en el peor enemigo de sí mismo. Desde la derrota. Con su desprecio al mundo se enterró a sí mismo: su suicidio, horas después de la muerte de su padre, reveló su obra póstuma y le libró de más escarnio público. El miedo a existir en un mundo donde todo parece tan gratuito que acontece insoportable y la pérdida del último de sus progenitores, que lo condenaba a enfrentarse sólo a la vida, pesaron demasiado sobre él. Las profecías apocalípticas de sus escritos no se han cumplido, y, sin embargo, la cuerda sigue tensándose y el caos se agazapa enmascarado en las ficciones de las gacetillas, cada vez más amenazadoras e incomprensibles en su origen y devenir, siempre tan mitigadoras. Quizás Caraco subestimó la insondable capacidad de sufrimiento del hombre o su resignada esperanza, quizás olvidó la larga tradición de explotación del hombre por el hombre. Mucha poesía se ha escrito después de Auschwitz, muchas páginas se escriben cada día después de cada día. Las denuncias y las tropelías que deberían prender la mecha se repiten y caen en saco roto, en frívolas entrevistas y otros masajes mediáticos: la información no es un problema, la nula conciencia sí, las imágenes que nos adiestran para la vida, y, sobre todo, la corrupción de todos los discursos, la cobardía a dar la cara cuando importa y, en cambio, empalabrar la realidad a nuestro antojo.

They Live (1988) de John Carpenter
En 2006, aquí en España, la editorial mexicano-española Sexto Piso se atrevió con Breviario del Caos. Es decir, el holocausto demográfico de la ley de Malthus, la superpoblación y los excesos que conducen a la progresiva pauperización, a la esclavitud como elección desde la libertad sin conciencia de las ataduras. “Se me reprochará que edifique sobre la catástrofe y la considere la condición previa al reordenamiento del universo… Reconozco mis errores, quiero declararme culpable. Hay que redefinir al hombre y repensar el mundo, pero ya es demasiado tarde, incluso para soñar con ello. Los salvadores pasan al igual que las generaciones y el orden permanece”, sentenciaba. Tan sólo nihilistas y anarquistas gozaban de su simpatía por “ser los únicos clarividentes”, por, intuyo, bajarse de la noria y no actuar como figurantes ni apostar por secundarios de la misma historia. Caraco es un maldito, no un escritor que incorpora el malditismo como etiqueta para vender más e insuflar rebeldía impostada a sus lectores, sino un maldito que no tiene lugar en las estanterías y que ha sido deportado de las librerías. Todo con el inusual mérito de que sus libros agrandan su lista de enemigos, reduce el número de posibles lectores y alargan su condena como proscrito. Su perfil biográfico no exige menos, aunque alguien podría argumentar que el talento no siempre cae del lado de la bondad. Hay bastardos que lo tienen a raudales, auténticos psicópatas que dejan caer de vez en cuando alguna verdad. Caraco, como muchos vocingleros que demandan demasiada atención, se revela de la peor calaña y el sueño de cualquier psicoanalista, como da fe en sus diversas obras y diarios (Ma confession, Le semainier de l'agonie, L'homme de lettres, etc). Algunas notas . Aprueba la pena de muerte (“I approve of the death penalty”); se define como un lobo solitario (“I witness, alone in my room, as an isolated man, a man walled up, a man who chokes and who will die in the dark. My audience is the walls of my room”); posee aires de grandeza (“My book will blow up like a bomb over Europe”); no deja lugar a los equívocos (“I am a racist and a colonialist”); no reparte los mejores deseos a nadie (“I would be pleased indeed, if the universe were full of blazing ovens, and crowded concentration camps, and starving people deported”); ensalza a la raza judía (“We are the backbone of the white race”) y al rato la desprecia (“God! The Jews are ugly!”); aborrece el deseo (“Desire has nothing honourable about it, pleasure has nothing sublime”); es un misógino de campeonato que prefiere “their own hands to the legs of the ladies” y cuyas relaciones evidencian no pocos trastornos afectivos (“I have had very few relations of experience with women, usually poor street women. Those rare creatures whom I payed to overpower didn’t heat up my blood”); profesa admiración por la monarquía (“The sooner we reestablish monarchy, the better”) y la nostalgia por tiempos imperiales; admira a Céline a quien considera a “true born writer, a “possessed man”, más bajo el influjo de la persona política que de su obra literaria y no panfletaria. Con todo, en Breviario del caos se agolpan sin ambages los peores reflejos de nosotros mismos en todos sus excesos: mirar al abismo forja el carácter si uno consigue alzar la mirada después. Y, como se suele decir en estos casos y ante tanto timorato, más en los tiempos que se avecinan, no me hago responsable de sus opiniones citadas (“”), ni el hecho de que las reproduzca es sinónimo de avenencia.
 
Slavoj Zizek: The Reality of the Virtual (2004) de Ben Wright
De súbito, dice Caraco, nos preguntamos el porqué de aquello que nos pasa, nuestra confianza en un progreso sin límites se desvanece tras años de ensueño girando en círculo y el mundo, transformado por el hombre, escapa de su sombra: nuestras obras nos superan y se vuelven en nuestra contra. Debemos nuestro entendimiento a nuestra violencia y apenas recordamos ya las lecciones del pasado, pues la única lección que enseña la historia es a olvidar los avisos. Ahí está, por ejemplo, el capitalismo y sus crisis cíclicas (cada vez más abisales) y sus respuestas cínicas (cada vez más desvergonzadas y públicas). Un naufragio en jerga tecnocrática y opaca que arroja impunidad para sus responsables y ahoga a millones de homo videns que, sí, un día tras otro también soñaron con ser contramaestres. Demasiado ocupados en aparentar ser felices como para sentirse solos y observar el engaño, tan deseosos de participar en las emociones generales y el way of life. Jean Baudrillard se preguntaba en El abismo del sentido (1978): “¿Podemos preguntarnos sobre ese hecho extraño de que después de varias revoluciones y un siglo o dos de aprendizaje político, a pesar de los periódicos, de los sindicatos, de los partidos, de los intelectuales y de todas las energías puestas para educar y para movilizar al pueblo, se encuentren aún (y se encontrarán exactamente igual dentro de diez o dentro de veinte años) mil personas para levantarse y veinte millones para permanecer “pasivas” y no solamente pasivas, sino para preferir francamente, con toda la buena fe y con alegría y sin siquiera preguntarse por qué, un partido de fútbol a un drama humano y político?”. La ecuación es la misma: They live. We sleep. El tan manoseado "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie", de Lampedusa. Y es que si uno se queda quieto está muerto y nadie le va a tender una mano. La norma es perseguir una miseria estable, real y lo mejor disimulada posible, una burbuja inflada que otorga exiguos derechos siempre a la baja a personas tan ocupadas trabajando por sobrevivir que jamás podrán pensar en cómo vivir.
 
Stalker (1979) de Andrei Tarkovsky
Según Alberto Caraco, “las ciudades que habitamos son las escuelas de la muerte porque son inhumanas”, allí nos “apilamos por millones perdiendo nuestras razones de vivir” y de las que “no saldremos salvo muertos, pues nuestro destino es siempre multiplicarnos con el único fin de parecer innumerables”. “Los hombres están a la vez libres y atados, más libres de lo que desean, más atados de lo que notan, compuesta de sonámbulos la muchedumbre de mortales, y el orden que no tiene interés en que ellos salgan del sueño porque se volverían ingobernables”, añade. El hombre que se niega a conocerse prefiere inmolarse, imaginando que es más sublime morir, morir innumerable y en manada por una causa común, que reconsiderar finalmente el mundo que habita y donde la juventud padece más que goza el hecho de ser joven. Nada hay más insensato que detenerse en los aspectos más negativos del carácter de uno, nada hay más común que criticar con hipocresía esos mismos rasgos en el sistema donde uno se cobija. “Nuestros padres, ellos tenían la elección de morir o sobrevivir, mientras nosotros sobrevivimos ya. El mundo está lleno de gente que sueña con morir. En el caos donde nos hundimos hay más lógica que en el orden, el orden de muerte en el que permanecimos tantos siglos y que se desarma bajo nuestros pasos automáticos. Los hombres más puros no tendrán más que el recurso de matarse los unos a los otros para no despreciarse a sí mismos”, afirma en las páginas Breviario del caos. 
 
“La cuestión principal es encontrar ese motivo antes de la noche, porque si a la mañana siguiente no tienes una buena mentira en el cajón de la mesilla, las vas a pasar putas para levantarte”.

“Engáñales, apréndete la música de la canción, sílbala, tararéala, pero nunca aprendas la letra, diles que tienes mala memoria, cualquier mentira vale; pero no aprendas la letra”.

A bordo del naufragio. Alberto Olmos
En el universo pesimista de Caraco el orden y la guerra – el exterminio- avanzan inseparables de la mano y no basta con declararle la paz al mundo pues cree que nadie escucha, nadie se escucha. Su visión apocalíptica, de constante redoble, se extiende página tras página sin propuesta alguna de enmienda: “Pronto el mundo no será más que un astillero donde, igual que las termitas, miles de ciegos, afanados por perder el aliento, se afanarán, en el rumor y en el hedor, como autómatas, antes que despertarse, un día, presas de la demencia y que degollarse unos a otros sin cansancio”. Sostiene que la locura se enraíza bajo nuestros edificios y es nuestra muerte lo que reclama. No hay diálogo posible, y Caraco sólo contempla en el caos una nueva oportunidad al más puro estilo de Wall Street, al tiempo que pregona nuestra culpabilidad con un orden que nos aboca a un sólo destino. Preferimos, dice, la catástrofe a la reforma, antes elegimos inmolarnos que repensar el mundo y no lo repensaremos más que en medio de las ruinas con dioses hechos a nuestra imagen, nuevos hologramas corporativos y figuras del entretenimiento que nos apacigüen, pues el espectáculo, como apuntaba Guy Debord, “es el guardián del sueño” de una sociedad que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. La fe, dice el escritor, no es más que una vanidad más entre las vanidades y el arte de engañar al hombre sobre la naturaleza de este mundo, que es de absoluta indiferencia, como cuando te cortan la entrada del cine o te cobran sin mirarte. De poco sirven para Caraco las páginas de la historia, los errores del pasado. “Ofrecemos un caos de migajas a la generación que viene y negamos las lecciones de la historia, queremos siempre innovar, para estar a la moda”, ironiza. Y en la moda todo vale para llamar la atención. No obstante, no inventamos nada nuevo. ¿Y la palabra? ¿El diálogo? “Entre nuestros medios y nosotros no existe ya un lenguaje común, y por ello la palabra comunicación está de moda”. ¿Y el llamado progreso, hoy convertido en capitalismo cool en el que los objetos nos transfieren nuestra forma de ser y nuestro espíritu, por encima de nuestras acciones? “No le guardo rencor al hombre común, cada vez más indiferente y que se estima satisfecho porque la industrialización le procura las apariencias de la felicidad, aunque sea de manera provisional”, asegura. 
 
La Société Du Spectacle (1973) de Guy Debord. Y La precesión de los simulacros (1978) de Jean Baudrillard


Ulrike Marie Meinhof (1994) de Timon Koulmasis.
Afirma Caraco que la masa se consuela engendrando hasta perder el aliento con el fin de ser innumerable y de abastecer, sin cansancio, a una legión de víctimas. “El número es el instrumento del mal, el mal quiere que los hombres se multipliquen, pues mientras más supearbunden los hombres, menos vale el hombre, para ser humano el hombre no será nunca lo suficientemente escaso”, escribe. Ataca con furor al orden y a las estructuras de poder, al tiempo que avisa que el tiempo de las plegarias ha caducado. “Nuestras religiones nos engañan sobre nuestra evidencia y los creyentes no repensarán el mundo. Nuestros intelectuales no saben más que actuar y nuestros religiosos no saben más que mentir, ninguno sueña con repensar el mundo. Un hombre digno de este nombre en este siglo no cree en nada y de ello se vanagloria”, vocifera. Las religiones son fácilmente substituibles por los gobiernos, y hoy en día los gobiernos por aquellos más a la sombra, que como los verdaderos burgueses, y no aquellos que hacen ostentación estirando en el imaginario su clase media a base de la contracción de deudas, anteponen la discreción a sus vicios. La confrontación no falta, entre gobierno, religión y el poder, pero en el fondo se utilizan los unos a los otros sin jamás herir las conveniencias. Pura escenificación entre tanto ajetreo por vivir con el entusiasmo que ponen las chicas que no son demasiado guapas. Y aquí Caraco denuncia el simulacro en que se ha convertido, tanto la felicidad como el dolor, y, sobre todo, el cambio en el que muchos creen. “Nuestras revoluciones son puramente verbales y cambiamos las palabras para darnos la ilusión de estar reformando las cosas, tenemos miedo de todo y de nosotros mismos, encontramos la manera de eliminar la audacia yendo más allá de la audacia y tener ocupada la locura exagerando la locura”. Puramente verbales, como la contracultura que diseccionan Joseph Heath y Andrew Potter en Rebelarse vende. Una contracultura que se ha zambullido a la izquierda a cambio de un nadie nos representa tan seductor como estéril. Gritos sin dirección que claman un autoindulto inmerecido, como si nos acabáramos de despertar y nada de esto tuviera que ver con nosotros. Gritos, para más inri, encallados en el apoliticismo, en las ilusiones y en dar lecciones de las que nadie toma nota y que rápidamente se tergiversan ya que la insatisfacción hacía lo existente se ha convertido en una mercancía para una prensa alienada que les olvidará mañana y rescatará cuando les convenga. Sólo después de olvidar eres inocente, y por eso culpable. Alberto Olmos (A bordo del naufragio) carga en su último libro Ejército enemigo, una de las novedades editoriales más sobrevaloradas y descuidadas en su forma por este genial autor, en esa desaparición de un enemigo a batir: "La revolución no va a llegar. Nuestros soldados son todos traidores. La batalla no se está librando. La guerra no se ha declarado. No hay bandos suficientes para contender. Sólo hay un bando, que se ejercita luchando contra sí mismo en un espejo mediático. Que no existía nada parecido a 'acción colectiva', a 'movimiento social', ni siquiera a 'trabajo en equipo'. Aquí cada cual salvaba su propio culo, abonaba su propia felicidad, detectaba un beneficio adecuado a su carácter y a sus deseos y lo extraía de la máquina: del trabajo, de la gente, de las desgracias ajenas, del escaparate. Pensé que nadie nunca había hecho nada por los demás. Pensé que nadie nunca haría nada por los demás. Porque nadie ignora el significado de la palabra 'recompensa'. Me compensa. Me conviene. Te compensa. No es hipocresía. Es esquizofrenia. Un pie en el barro y el otro en el cuento de hadas. El ciudadano se ignora a sí mismo". Y no acaba ahí su visión desoladora, oportuna y oportunista que encuentra en tanta hipocresía razones de más para desear un auténtico reseteo. “Saber la verdad no nos impide actuar como si no la supiéramos. La verdad es inútil. Lo único útil es otra realidad. Ya no se hacen cosas para que cambie la realidad, sino para que se sepa que se hacen cosas. ¿Durante cuánto tiempo nos seguiremos engañando con esta mierda? [...] ¿No sería mejor dejarlo todo al albur del caos, cesar en las ayudas puramente amansadoras, y permitir un sufrimiento tal que, al cabo, hiciera a millones de personas tomar las armas y devolvernos la calderilla? La solidaridad no sólo ha fracasado, sino que ha evitado la reacción. Ha abierto sucursales de esperanza en el espacio reservado a las franquicias de la revolución. [...]. Ha puesto diques al dolor y ha dado a las empresas multinacionales un argumento de marketing: basta con poner un logo solidario en su etiqueta. La solidaridad se volvió superficial, se alejó del terreno íntimo para ser incorporada al simulacro.... Es muy fácil arreglar el mundo a distancia: parece que hasta funciona. Pero no funciona, lo siento mucho. Todo eran campañas simbólicas, simulaciones a medio camino entre el sentimiento de culpa y el sentimiento de distinción que no aportaban nada a la labor de mejorar el mundo. Los abajofirmantes eran los abajojodientes". Un discurso de ideas con ganas de agradar e incendiar, pero muy en sintonía con las tesis de Caraco, eso sí, desde el terreno de la ficción y no con la implicación excesiva que llevan al escritor nacido en Constantinopla a caer en el influjo de la eugenesia y el nazismo.


Saturday Night and Sunday Morning (1960) de Karel Reisz
La moral, el orden, la fe y el interés material - dice Caraco- “se unen para condenarnos a ser tribu”. Unos necesitan fieles, las naciones defensores (un concepto bélico algo anticuado hoy en día donde las guerras son televisadas y los gobiernos no pueden diezmar a sus poblaciones enviando a sus ciudadanos a las trincheras) y los industriales consumidores. “A los amos les son necesarios los esclavos, el despoblamiento sería su ruina, prefieren que el universo estalle. El paro del movimiento – que salvaría al mundo- sería en perjuicio suyo. Cuando creemos obedecer a Dios, obedecemos al hombre. Nuestras autoridades no saben nada, no se ponen de acuerdo más que para arrullarnos con embustes, con el sólo fin de mantener los privilegios adquiridos y perpetuar su establecimiento. Nuestra fidelidad nos condena y nuestra obediencia nos sentencia. Nos predican la sumisión y la confusión. Nuestras religiones son los cánceres de la especie. Traicionan como respiran, son pesos amarrados a nuestros pies. Han preferido su propio poder a la felicidad de la especie humana”, afirma en un discurso con más virulencia que muchos en la órbita del tan educado 15M. Y se pregunta: “¿Se castiga a los falsificadores de dinero y se perdonaría a aquellos que no viven más que acreditando falsas?”. Y de entre todas las falsas hoy, la más dañina es el pensamiento positivo, o el optimismo, el pecado más criminal para Caraco. Michela Marzano, por ejemplo, cree que el orden se sirve de “la ilusión de libertad individual para perpetuar la explotación de unas personas por otras”. “Esa es la trampa – envuelta en toda esa palabrería de autoayuda- de la felicidad por el trabajo. Sostiene que el trabajo es el único camino de la realización personal hacia la felicidad. De esta forma sólo puedes ser feliz haciendo ricos a los amos. Y ya no te queda ser el pobre e inocente desgraciado, de antaño, ahora si no eres feliz, encima eres un indolente culpable de tu desgracia”, explica. La esperanza de una felicidad futura en un sistema injusto es el gran éxito del orden que todos siguen a pies puntillas. Hay que sonreír siempre y anularse para conseguir un puesto de trabajo, dar a entender a todo el mundo que tienes un sueño, el de todos, que trabajas más duro que nadie pavoneándote la mitad del tiempo que dices trabajar… “La esperanza y la fe sólo incrementan sus males”, resume Caraco. 


Drink up with me now and forget all
about the pressure of days
Do what I say and I'll make you okay and drive them away
the images stuck in your head

Between the bars | Elliott Smith


"Nun, o Unsterblichkeit, bist du ganz mein".

Heinrich von Kleist.
El nacionalismo también es achacado como uno de los principales males e instigadores del caos. “Por cada país que hace la Historia, más de veinte la sufren”, sintetiza. “El nacionalismo es una enfermedad universal cuya curación será la muerte de los frenéticos. Es un pretexto noble para morir. La enfermedad no perdona ya a ninguna nación y todos los países se parecen hasta en el tipo de furor que los opone y los anima a degollarse unos a otros. El nacionalismo es el arte de consolar a la masa de no ser más que una masa”, opina. Nacionalismos o estadios llenos, banderas o escudos, primas de riesgo e intereses, todo vale. En un ángulo más íntimo propugna “renunciar a nuestros recuerdos en el momento en que nos enorgullecen, y a nuestras ilusiones cuando toman demasiado sitio”. Para este pensador el nacionalismo es un obstáculo que provoca que haya que cuidar a aquellos “hombres de poco valor quienes, en su delirio, piensan que tienen derechos, a pesar de su impotencia”. Y de ahí que Caraco manifieste que “desde el instante que sangramos por una causa, le damos crédito sin mirar lo que ésta encierra”. "Il est l'eure de s'enivrer!"
 

Wall Street (1987) de Oliver Stone.
Catastrofista hasta la médula, Caraco no tiene fe en la capacidad de reforma del ser humano, en los logros conseguidos. “La catástrofe es necesaria, la catástrofe es deseable, la catástrofe es legítima, la catástrofe es providencial, el mundo no se renueva por menos”, dice. Según él, resultará más sencillo construir desde cero que intentar pulir durante décadas. Ya estamos demasiado enfangados, nuestras deudas difícilmente las podremos devolver asistidos con la respiración artificial como lo estaremos el resto de nuestras vidas. El crimen que adjudica a la humanidad es el de innumerabilidad que convierte al hombre en mercancía y los condena al peor de todos los vicios, la pobreza. “No hay otro vicio en este mundo que el de ser pobre, ya que todo pobre se vuelve un criminal a partir del momento en que, al suscitar un pobre, le entrega a la miseria una nueva prenda”, atiza sin espacio para el equilibrio y la justicia social en un mundo donde cada ciudadano se ha convertido en empresario de sí mismo, enfrascado en la misión de reinventarse cada día y gestionar con eficacia sus relaciones personales. Ataca el estatuto familiar tradicional que pregona familias más o menos numerosas, con independencia del poder adquisitivo de las mismas. “El optimismo criminal, la vergüenza de estos tiempos. Cuando se vuelva criminal la fecundidad, castigaremos un día el crimen. Con 100 millones de humanos la Tierra sería el Paraíso. Sin la esperanza y sin la incredulidad los hombres no consentirán nunca volverse estériles, las mujeres menos todavía, es el optimismo quien nos mata y el optimismo es el pecado por excelencia. La negativa a confiar y la negativa a creer acarrean indefectiblemente la negativa a engendrar”, resume. ¿Su propuesta? Menos es más, una resta para supuestamente sumar con unas consecuencias tan poco disimuladas como aterradoras. “El único remedio para la miseria es la esterilidad de los miserables, pero el orden para la muerte, el orden de los comerciantes y de los sacerdotes, nos prohíbe incluso hablar de ello. No podremos cambiar nuestras ciudades más que aniquilándolas, aunque sea con los hombres que las pueblan. Así castigaremos a aquellos que han nacido indeseables y que se jactan de multiplicarse aún, les enseñaremos que vivir es un abuso, jamás un derecho, y que merecen perecer porque ocupan demasiado espacio aumentando la fealdad del mundo, abrumado por un excedente de hombres”. Y remata en sus delirios que juegan su baza al hecho de que cada vez vivimos menos como hombres: “El precio de nuestras virtudes no habrá sido nunca más que un holocausto. Podremos reconstruir el universo cuando sea destruido y cuando los hombres se hayan vuelto más escasos que las cosas”. Un terror a la muchedumbre, como sinónimo de la tumba de lo humano, que no sintoniza con la ceguera cristiana sobre el placer. “Es la fecundidad, no la fornicación, la que destruye el universo, es el deber y no el placer. Deseamos que la carne tenga derecho al placer”. 
 
Bruce Nauman
Los hombres están demasiado ocupados en proyectarse como algo atractivo en el mercado que, en sus años de tránsito, soportan todo tipo de injusticias: sus ansias de placer no dejan tiempo al nacimiento del deseo. Caraco asegura que la prosperidad de los ricos no durará eternamente “en el seno de un mundo que se une en la miseria absoluta” y que por ello no tendrán más opción “que exterminar a los pobres o ser pobres a su vez”. Hay poca generosidad con el hecho de que esos pobres han pagado con su sudor las fiestas del vecino rico, ese supuesto 1% que hace y deshace a placer. Todo ello mucho antes de la eclosión de la globalización, el querer lo mejor y más barato a costa de los demás para después poner el grito en el cielo cuando las condiciones laborales de aquellos contaminan nuestros logros sociales. Él lanza los dardos a los individuos, a los que acusa de “autómatas espermáticos” por el hecho de no ser conscientes de su condición de pobres y consumistas, y no dejar de creer que sus vástagos pueden abandonar esa condición: unas excepciones que son eso, excepciones en un modelo que mantiene al supuesto 99% a pan y agua, e ilusiones, las de los sorteos millonarios.“El imperativo categórico de estos tiempos es el optimismo y aunque sea en los bordes del abismo, hemos vuelto a la magia verbal, conjuramos y exorcizamos”, apunta. Y las almas bien intencionadas, concienciadas, de buena voluntad o mala conciencia, sobre todo mala conciencia, en su afán de ayudar, opina Caraco, sólo perpetúan el problema dando un sentido a sus vidas. “La caridad no más que un engaño y los que me la enseñan son mis adversarios”, dice. La solidaridad no ha fracasado, pues no intenta solucionar problema alguno sino ocuparnos en un problema tan embrollado que exige borrón y cuenta nueva, distraernos con el enunciado. Todo barruntado con alguna pincelada de la marea verde: “Los paganismos consideraban divina la naturaleza y no la hubieran violentado”. 
La dolce vita (1960) de Federico Fellini
Y es entonces, hacía el final, cuando el escritor judío se despeña por las páginas más negras de la historia avisando que no habrá piedad. “Debemos golpear hoy a aquellos que mañana golpearían, tal es la regla del juego y esos que nos imploran nos castigarían pronto por haber olvidado. Debemos armarnos de su barbarie para estar a la medida de su desmesura”, advierte. Asimismo, hay espacio para un atisbo de culpabilidad: “No sabemos más que barbarizar a aquellos que pretendemos instruir y los desarmamos frente a la vida, aparentando prepararles para ella”. Es un espejismo y sus deseos de exterminio vuelven con fuerza en las últimas páginas donde en un discurso sin ambages y frases lapidarias dilapida sus reflexiones incómodas para convertirlas en peligrosas a los ojos de cualquier editor, su visión de un futuro sin enfermedades, sin hambre, sin trabajo molesto ni terror. “El futuro es de la simplicidad. Las ideas claras y precisas ya no están de moda. El deber del rico es ser más fuerte que el pobre o esperarse lo peor. Estoy convencido de que el racismo tiene futuro. Un día nos volveremos racistas para comer, seremos hombres de necesidad en el peor sentido de la palabra, seremos materialistas y racistas, los dos principios van a unirse como se unen en nuestros días el nacionalismo y el socialismo”, sostiene. Como se unen la banca y el poder sin grandes proclamas ni líderes, como muchos ciudadanos de a pie, verdaderos arribistas a pequeña escala que dan validez moral al expolio a cambio de unas vacaciones y un abrigo nuevo cada invierno. Y no acaba ahí, Caraco sigue en caída libre por el populismo más rancio y, sobre todo, en la diana equivocada que él mismo ha desplazado del poder del capital, religión y nuestros propios actos a otras culturas, tal y como hacen casi la totalidad de los mediocres. “¿Qué vamos a oponer a estos bárbaros? ¿La tolerancia y el laxismo? Nos aplastarían, riéndose de nosotros. Nos volveremos sus siervos o sus víctimas, nuestras mujeres sus prostitutas y nuestros bienes su botín. Ellos no nos perdonarán haberlos humillados sin haberlos exterminado enseguida. La tolerancia es un mito y el respeto no es más que un delirio. ¡Dichosos los muertos!”. Y la pregunta se repite. “Qué vamos a oponer a estos bárbaros de las finanzas que juegan a hacer realidad los deseos de Caraco? ¿Qué vamos a oponer a nosotros mismos? 
 
Fight Club (1999) de David Fincher


1 comentario:

Peter Pank dijo...

ME QUITO EL SOMBRERO !